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Tu cintura sin censura


Los sonidos urbanos, los sonidos que muchas veces han sido analizados desde el racismo, pero que en muchas formas han significado resistencia. No vamos a explorar en tan poquito tiempo la historia del género, para eso les recomiendo que busquen Nuevo rico, el corto animado premiado a principios de este año en South By Southwest, incluso que vean Ema de Pablo Larraín (con todas los conflictos que nos pueda crear), la guía del neo perreo de Songmess, pero sobre todo que escuchen el podcast Loud que estrenó el 4 de agosto Ivy Queen, la madre del reggaeton, ahí están los datos, las conexiones y los contextos.



Hablar sobre las cinturas sin censura y el derecho a disfrutar sin ser violentada es un tema recurrente, por supuesto no el que aparece en la cosificación del género que se promueve a nivel mainstream. Manifiesta la necesidad de seguir el beat y que por sus movimientos ha propiciado tantas molestias, nos podrían llevar a los comentarios utilizados por los conservadores con el blues, swing, rock and roll, twist, incluso el pogo. El cuerpo ajeno molesta, más si se trata de la cuerpa ajena. Descubrimos continuamente una brecha generacional de oído y de cintura, la realidad es que lo que una generación no entiende y censura a través de la idealización de otros géneros. Recordemos que el problema no es la música, sino la misoginia, el machismo y la violencia.

Hace un año nos encontramos con Ema, la película de Pablo Larraín nos alcanzó en el confinamiento, con una contundencia mezclada con la polémica, un choque entre la perspectiva musical y la feminista. La bailarina revolucionaria, más teatral que cinematográfica, en la superficie estaba más cerca del ritmo, el cuerpo y la sexualidad, pero la trama de adopción, crianza, infertilidad y poligamia con la cadencia del reggaeton, nos obligó a profundizar en las diversas capas de la historia, que además de acompañar la segunda ola de sonidos urbanos, está abrazando ruidosamente a una generación que no necesita rock o punk para ser contestataria a partir del cuerpo y la palabra.

“Es como un neo perreo, un programa alternativo. Justamente cuando yo vi la película, sentí que capturaba lo que es Chile en la actualidad, vemos a los adolescentes o a los adultos jóvenes que salen a bailar y ejercen su libertad sexual, es también una especie de empoderamiento político”, me decía en entrevista De Lein, quien se sumó al soundtrack de la película con la canción 'Por las noches'.


Ema en Chile, parecida a las mexicanas y a todas las que están perreando en el resto del mundo, ellas responden a los sonidos más populares en la actualidad, ligados a una generación catalogada de cristal, pero en realidad alejada en cuerpo del boom y la x, que repiten las quejas conservadoras utilizadas con la aparición del twist y el rock and roll.

El cuerpo ajeno incomoda, así es como se han justificado los prejuicios, pero el movimiento en el pulso colectivo ha invitado a las morras no solo a apropiarse de su cuerpo, también les ha permitido revertir el machismo del reggaeton para realizar activismo musical a partir de la enseñanza del rap, trasladándolo al trap y la necesidad de bailar como elección, no como acto de seducción o sumisión, tal como dice Rebeca Lane en 'Tu cintura sin censura': "Baila, sueña y ríe, pero ámate a ti primero".

Cuando la novelista Kathy Acker le recomendó a Kathleen Hanna dejar los eventos de spoken word y formar una banda para ser escuchada, poco sabía sobre el inmenso cambio que las mujeres realizarían décadas después al apropiarse de la palabra a través de los sonidos urbanos, donde crearían un movimiento dentro del movimiento para apropiarse del cuerpo y renovar al mismo feminismo con la conquista del espacio público, parafraseando a la colectiva Batallones Femeninos: “encendieron los micrófonos para apagar las violencias”.

"La calle suena a ellas”, Audry Funk nos lo deja muy claro, no solo se trata de visibilizar, también es analizar el potencial subversivo que atraviesan los sonidos urbanos desde sus inicios a la actualidad, con una tercera ola que no solo renueva géneros, también le da una nueva narrativa al feminismo. Cada vez son más las mujeres se sienten parte de un movimiento contestatario al que añaden sus reivindicaciones a través del ritmo y la poesía.

En el panorama actual podemos hablar de laboratorios de escritura expandida, talleres y micrófonos abiertos, incluso localizar espacios que permiten la autonomía de proyectos como el festival Flowcihuatl y el desarrollo del trabajo colectivo de las Sound Sisters, Las Hijas del Rap y Somos Guerreras, entre otras. Sin embargo, si logramos hablar de ellas y elles es precisamente porque en los últimos 15 años han tejido redes para consolidarse en espacios que han sido hostiles con las artistas femeninas, provocando desbordamientos y periferias donde se rechazan los parámetros que alguna vez fueron marcados por el machismo y la misoginia latina.

En espacios académicos ya se estudian las prácticas culturales a partir de la perspectiva de género, ya se habla de un canon alternativo feminista. En el 2015, la revista Ambigua incluso propuso la necesidad de cartografiar el panorama del rap feminista en los países latinoamericanos, para atender “sus diferentes contextos históricos y socioculturales”. Lograron reflejar la diferencia de valores y expresiones artísticas que van del neo soul al rap, trap y el reggaeton, donde el perreo que simbolizaba todo lo que las “mujeres decentes” debían evitar, se convirtió en el pulso de libertad de las cuerpas que promovía la puertorriqueña Ivy Queen desde el principio.


La idea detrás de la canción 'Yo quiero bailar' de Ivy Queen resuena tanto como hace 20 años, no es gratuito que las chilenas la corearan en la marcha del 8M del 2020 y que ahora sea parte de la playlist de vacunación de la población de 18 a 29 años en la CDMX, tampoco que sigan apareciendo espacios seguros para aprender twerking promovidos por lesbofeministas y que al mismo tiempo las necesidades de cambio en un país donde se asesinan a 11 mujeres diariamente, se canalicen a través del hip-hop.

Por medio de Rapquimia, Masta Quba ha decidido que soltar el micrófono no brinda continuidad, es necesario pasarlo a la siguiente generación. Mare Advertencia Lírika nos ha posicionado con el “creer... vencer... tener... poder... ¡Mujer no te límites a lo que te piden ser!”, la Joaka nos ha liberado con el enamoramiento a la rabia, Ximbo nos ha dirigido hacia un nuevo destino defendiendo el 'Queendom' y con Niña Dioz hemos confirmado que “si tocas a una nos tocas a todas”, “¿te queda claro cabrón?” diría La Cuervo.


Lo que en el mainstream se critica y en la película Ema se percibe como otra vía de cosificación, con sonidos urbanos creados por Nicolas Jaar, en la apropiación feminista se reivindica como herramienta, donde las únicas que validan son las que construyen su escena, combinando tres vertientes para que el mensaje sea más contundente.

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