El diálogo expandido Genealogías sin rebajar: mujeres sonideras tomando la calle, realizado en el marco de Pluri-Sonoridades, reunió a Nora Sofía González Galindo (Sonidera Nacional), Dra. Layla Sánchez Kuri (La Voz Violenta) y Elfega Gómez Jacob (Mamá Duende) para reflexionar sobre las genealogías, las formas de organización colectiva y la construcción de espacios de paz dentro de la cultura sonidera desde una perspectiva feminista.
Uno de los ejes que atravesó la conversación fue la voz como herramienta central. Más allá de su función técnica, el micrófono apareció como un dispositivo político: un espacio desde donde se enuncian consignas, se construyen narrativas y se disputa el lugar de las mujeres en una escena históricamente masculinizada. En este sentido, la trayectoria de la Dra. Layla Sánchez Kuri —quien articula su trabajo entre la academia, los medios y la práctica sonora— permitió entender la voz como un cruce de experiencias que se condensan en una identidad situada.
Por su parte, Elfega Gómez Jacob, conocida como Mamá Duende, compartió una historia atravesada por décadas de trabajo dentro del sonido, mucho antes de tomar el micrófono. Su paso de las tareas de organización, logística y sostener un sonido desde atrás hacia la presencia en cabina da cuenta de una genealogía que no siempre es visible, pero que resulta fundamental para la permanencia de los proyectos sonideros. Su irrupción como voz activa, tras años de sostener el proyecto familiar, la Dinastía Duende, resignifica la idea de quién puede ocupar ese espacio y en qué momento de la vida.
En el caso de Nora Sofía González Galindo, su experiencia como documentalista y su cercanía con Musas Sonideras evidencian otra dimensión de la genealogía: la del archivo vivo. La conversación subrayó que las mujeres no sólo participan en la cultura sonidera, sino que también han generado sus propios registros —fotografías, videos, testimonios—, desplazando la necesidad de ser documentadas exclusivamente por miradas externas. Este ejercicio ha transformado también el papel de quien documenta, orientándolo hacia la escucha de lo que aún no ha sido narrado.
El segundo momento del diálogo abordó la toma del espacio público. Las participantes coincidieron en que la calle sigue siendo un territorio en disputa, atravesado por prejuicios sobre la capacidad técnica de las mujeres y por dinámicas de exclusión. Sin embargo, también señalaron que la permanencia en estos espacios ha sido posible a partir del conocimiento, la organización y el acompañamiento entre mujeres. Ahí es donde la colectividad no solo es una estrategia, es una vía sumamente importante para sostener la práctica.
En este proceso, la relación con la tecnología ocupa un lugar central. Ante la falta de acceso a equipo propio, muchas sonideras han desarrollado otras formas de intervención, donde la voz adquiere un peso determinante. Lejos de ser un recurso secundario, es una herramienta para ambientar, educar al público y modificar las narrativas que acompañan al baile.
La conversación también se detuvo en los llamados “bailes de paz”, entendidos no sólo como eventos festivos, sino como prácticas políticas. A través de la selección musical y el uso de la voz, las sonideras construyen atmósferas que promueven la convivencia y reducen la violencia, estableciendo acuerdos colectivos desde el sonido. Esto implica también una ética del cuidado, donde el micrófono se utiliza para delimitar, orientar y sostener el espacio compartido.
Otro de los puntos clave fue la formación de nuevas generaciones. Los talleres y procesos de enseñanza impulsados por las propias sonideras, transmiten conocimientos técnicos, formas de organización, valores y posibilidades de autonomía económica. En estos espacios, la práctica sonidera se plantea como un oficio posible y como una vía para la construcción de independencia que no depende del equipo.
Finalmente, el diálogo abrió una reflexión sobre las tensiones entre lo comunitario y lo institucional, particularmente en relación con las rutas para el reconocimiento del sonidero como patrimonio cultural inmaterial. Las participantes coincidieron en la necesidad de preservar estas prácticas sin fijarlas ni despojarlas de su carácter vivo, reconociendo que su fuerza radica precisamente en su capacidad de transformación.
Genealogías sin rebajar nombró a quienes han conservado la cultura sonidera, la potencia de la voz como archivo y como herramienta que posibilita la continuidad. En ese cruce entre memoria, calle y colectividad, las mujeres sonideras ocupan el espacio y lo reconfiguran.

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