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Sonoridad: Cambiar el ángulo también cambia la historia



La European Broadcasting Union (EBU) y European Athletics acaban de publicar un documento que, aunque está dirigido a las transmisiones deportivas, debería convertirse en lectura obligada para cualquier persona que trabaje con una cámara. Bajo el título Raising the Bar, las nuevas directrices recomiendan eliminar los planos que sexualizan a las atletas: evitar cámaras colocadas por debajo del cuerpo en disciplinas como el salto con garrocha o el salto de altura, prescindir de acercamientos innecesarios a determinadas partes del cuerpo, no abusar de las repeticiones en cámara lenta cuando no tengan un propósito técnico o narrativo y asegurar que cada decisión de encuadre responda a la cobertura de la competencia, no a la objetivación de quienes participan.

Las recomendaciones fueron desarrolladas junto con atletas olímpicas como Holly Bradshaw e Ivana Španović, quienes denunciaron que esas imágenes no sólo alimentan el acoso y la circulación de contenido sexualizado en redes sociales, sino que incluso llegan a distraerlas durante las competencias. El mensaje de la EBU es contundente: una cámara nunca es neutral. La manera en que decide mirar puede dignificar el desempeño deportivo o convertirlo en un espectáculo donde el cuerpo pesa más que el talento.

La noticia podría parecer exclusiva del deporte, pero en realidad abre una conversación urgente para la industria musical, donde durante décadas hemos normalizado un lenguaje visual construido sobre los mismos principios. Basta revisar portadas de discos, revistas, videoclips, sesiones promocionales o galerías de festivales para encontrar un patrón que se repite: cuerpos fragmentados, instrumentos convertidos en símbolos sexuales, poses de fragilidad o sumisión y encuadres que privilegian el deseo antes que la creación artística. No es una casualidad estética, es una forma de mirar y tiene nombre desde hace más de cincuenta años: male gaze.

La noticia de la European Broadcasting Union trasciende el deporte porque pone sobre la mesa una pregunta que la industria musical lleva demasiado tiempo evitando: ¿quién ha decidido cómo debe verse una mujer sobre un escenario? Laura Mulvey respondió parte de esa pregunta hace más de cincuenta años al acuñar el concepto de male gaze. En Visual Pleasure and Narrative Cinema (1975) explicó que el cine clásico había convertido a las mujeres en objetos para ser observados, mientras los hombres eran quienes impulsaban la acción, ahí radica la diferencia del female gaze, el hombre aún sexualizado continúa como protagonista y la mujeres se convierten en objeto secundario. 

Décadas después, la directora Nina Menkes retomó esa teoría en el documental Brainwashed: Sex-Camera-Power (2022), demostrando que la objetivación no depende únicamente del vestuario o de la desnudez, sino de decisiones aparentemente técnicas: dónde se coloca la cámara, cuánto dura un plano, qué parte del cuerpo ocupa el encuadre y qué imágenes son seleccionadas durante la edición.

La música nunca ha sido ajena a ese lenguaje. Existe un manual invisible que fotógrafas, fotógrafos, realizadoras, agencias de promoción y medios aprendieron durante décadas sin cuestionarlo. Ese manual dice que los hombres deben ser retratados desde el poder, el dominio del escenario y la acción. Ellos aparecen creando, tocando, gritando, rompiendo objetos, componiendo, mirando al horizonte o controlando el espacio.




Las mujeres, en cambio, suelen aparecer inmóviles, con la cabeza inclinada, imitando a los hombres, con la mirada perdida, acostadas, sentadas, descalzas, besándose entre ellas, vulnerables, convertidas en un cuerpo disponible para el deseo. Ese mismo manual también dicta que los cuerpos pueden fragmentarse. No hace falta mostrar un rostro completo; basta con unas piernas, una espalda, unos labios o un escote. La artista desaparece para dejar paso a una colección de partes. El instrumento deja de ser una herramienta creativa para convertirse en un elemento fálico o en un accesorio erótico. Durante décadas, las portadas de revistas musicales reprodujeron esa lógica colocando guitarras, micrófonos, baquetas o soportes de micrófono entre las piernas de las artistas, enfatizando posturas de sumisión o insinuación sexual que rara vez veíamos en sus colegas hombres.




El lenguaje visual que perpetúa la sumisión influye, por eso resultó tan revelador el debate que provocó Sabrina Carpenter con la imagen promocional de Man's Best Friend. Más allá de si la fotografía era una crítica, una apropiación irónica del imaginario masculino o una estrategia de marketing, la discusión evidenció algo importante: hoy existe una generación dispuesta a preguntarse qué comunica una imagen antes de consumirla pasivamente.



Y esa es, quizá, la diferencia con décadas anteriores, antes el male gaze era invisible, hoy podemos nombrarlo, pero nombrarlo no basta. En la música seguimos viendo festivales que publican galerías donde las mujeres aparecen fotografiadas desde abajo mientras los hombres son capturados en pleno solo de guitarra. Seguimos viendo videoclips donde la cámara recorre lentamente un cuerpo antes que un instrumento. Seguimos encontrando campañas de promoción donde la sensualidad parece un requisito para las artistas, mientras el talento basta para legitimar a los hombres.

En espacios donde no se ha desarrollado una perspectiva de género, notamos como las imágenes se ligan con el juego de palabras en cabezas y copy. La verdadera pregunta no es quién tomó esa decisión, sino cómo pueden pasar de mano en mano sin ser cuestionadas, desde qué mirada y con qué propósito narrativo, porque la fotografía musical y los vídeos también escriben historia.




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