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Reporte EIMIM 2026 - Día 6: Hacer industria también es hacer espacio para otras


En la charla “Mujeres haciendo industria: mercados, encuentros y redes en la música”, realizada el 27 de septiembre durante la jornada de San Luis Potosí, cuatro profesionales de distintos territorios compartieron sus recorridos por la industria musical y hablaron de cuidados, migración, redes, liderazgo y de la necesidad de construir espacios que no reproduzcan las mismas dinámicas que buscan transformar.

Entrar a la industria musical no ocurre de una sola manera. Para algunas personas comienza en una escuela, para otras detrás de un micrófono, en una disquera, en un club o a partir de una oportunidad inesperada. También cambia según el territorio desde el que se llega.

Esa fue una de las primeras preguntas planteadas por Karina Cabrera, de Sonoridad MX, moderadora de la conversación: ¿cómo era la industria a la que llegaron? La pregunta permitió poner sobre la mesa que muchas mujeres no identifican su lugar como mujeres dentro de la industria sino hasta que alguna experiencia las obliga a hacerlo.

Yahaira Osiris, desde Panamá, recordó que su entrada ocurrió casi sin darse cuenta. A los 14 o 15 años comenzó haciendo radio con unas amigas y poco después, a los 18, ya trabajaba en Universal Music Panamá. “No me di cuenta en qué momento yo entré a la industria de la música”, contó. Desde su experiencia, pertenecer a un territorio con una industria musical menos desarrollada también significó construir desde otros lugares y asumir diferentes funciones.

Su recorrido también implicó reconocer, con el paso de los años, que aquello que había entendido como “la industria” no necesariamente correspondía con lo que debería ser. “Muchas de las cosas que ocurrieron en ese entonces no es lo que debería ser una industria de la música, partiendo de que somos seres humanos, que estamos apasionados por el arte”, señaló.

Desde otro contexto, Claudia Balladelli, nacida en Brasil y actualmente radicada en Canadá, compartió una experiencia relacionada con la maternidad. Después de trabajar en un club en Brasil y anunciar que estaba embarazada, al llegar a Canadá pudo reincorporarse al trabajo bajo otras condiciones: desde casa y con los recursos necesarios para hacerlo.

El contraste llevó la conversación hacia una pregunta que atraviesa la participación de las mujeres en la música: ¿qué pasa cuando la industria considera los cuidados como parte de las condiciones laborales y no como un problema individual?

Para Balladelli, los cuidados forman parte de la infraestructura que permite participar. Su trabajo ha incluido facilitar la presencia de madres con sus hijas e hijos en conferencias y mercados, así como orientar a quienes no cuentan con recursos sobre becas para cubrir cuidados durante sus viajes. “Entonces son varias cosas”, explicó, “pero también es de recursos”.

Del “estar” al hacer espacio

La conversación también permitió hablar de las redes no solamente como contactos profesionales, sino como espacios de protección, colaboración y construcción colectiva.

Balladelli señaló que trabajar con otras mujeres le ha permitido sentirse más protegida y, desde sus posiciones dentro de distintas organizaciones, abrir oportunidades particularmente para mujeres latinas. En su experiencia, los espacios seguros no aparecen por sí solos: se construyen a través de organizaciones, alianzas y relaciones que permanecen en el tiempo.

“Es muy importante conseguirnos estar juntas en un espacio seguro”, explicó. Esos encuentros, dijo, permiten desarrollar proyectos, intercambiar experiencias y avanzar juntas hacia los espacios que necesitan y merecen.

Para Yahaira, ese proceso también implicó mirar más allá de su propia experiencia. Después de décadas trabajando en distintos roles de la industria y de atravesar experiencias de abuso que durante mucho tiempo no puso en palabras, la pandemia significó un punto de quiebre.

Fue entonces cuando comenzó a mirar la industria desde otra perspectiva y creó MIM LATAM, con una visión que no se limita a Panamá, sino que incorpora a Centroamérica. Su trabajo de investigación y sus recorridos por distintos países le permitieron reconocer desigualdades que también estaban presentes en los territorios vecinos.

“Yo no llevo una sola bandera, llevo toda una región que es Centroamérica”, afirmó.

Ese cambio de perspectiva también la llevó a preguntarse a quiénes alcanzan realmente los avances de la industria. “Si lo vamos a poner desde el privilegio, es muy fácil decir: ‘Están ocurriendo y estamos avanzando’”, señaló. “Pero también tendríamos que preguntarnos para quiénes están alcanzando y para quiénes están logrando”.

Los números también cuentan quién está dentro

Esther Gómez, vinculada a Bogotá Music Market, llevó la conversación hacia la representación. De acuerdo con los datos que había revisado para el encuentro, la participación de mujeres e identidades diversas en distintas categorías del mercado rondaba el 30%.

“Lo que demuestra que aún hay una desigualdad de presencia”, señaló, al tiempo que explicó que dentro del equipo buscan activamente ampliar esa participación.

Pero su intervención también trasladó la conversación de las cifras a la experiencia cotidiana. Gómez habló de su formación como pianista y de un conservatorio donde no recibió herramientas sobre negocio musical, derechos o formas de desarrollar profesionalmente una carrera.

“La academia es una urdimbre absolutamente aparte”, dijo. Para ella, democratizar el conocimiento sobre la industria es indispensable porque las relaciones profesionales y humanas son una parte central del ecosistema musical.

Claudia Balladelli coincidió desde otro lugar: no basta con abrir espacios si quienes los ocupan no cuentan con condiciones para permanecer en ellos.

La conversación puso ejemplos concretos: niñas y niños acompañando a sus madres en un mercado o festival, horarios flexibles, espacios de cuidado, condiciones de seguridad, camerinos donde se respete la privacidad y trayectos seguros para quienes salen solas de un evento. Son detalles que pueden parecer secundarios al diseñar una actividad, pero que determinan quién puede participar y bajo qué condiciones.

La confianza también se construye entre nosotras

Gómez compartió además su experiencia como integrante de una orquesta conformada por ocho mujeres en Bogotá. Después de atravesar situaciones de abuso e inseguridad durante su formación musical, describió cómo tocar junto a otras mujeres le permitió recuperar confianza.

“Con esta orquesta he podido pararme y tocar sin miedo”, contó.

La confianza, dijo, puede ser frágil cuando se crece bajo una constante necesidad de validación. Frente a eso, el grupo ha construido otra dinámica: escuchar las ideas de las demás, respaldarlas y crear juntas.

“Cómo confiar en las ideas de las otras”, planteó. Esa confianza no aparece separada de lo profesional: también fortalece las posibilidades creativas y de negocio de quienes participan.

No se trata de ocupar la mesa, sino de mantener abierta la puerta

Uno de los desplazamientos más interesantes de la conversación ocurrió alrededor de la figura de la boss lady. Más que discutir quién ocupa una posición de poder, las participantes hablaron de qué se hace con ese lugar una vez que se alcanza.

Una de las ideas que atravesó el diálogo fue la de poner el pie en la puerta y mantenerla abierta para que entren otras.

Desde su trabajo, Yahaira describió MIM LATAM como una plataforma que busca sostener una comunidad más allá de la duración de un encuentro. En su primera edición virtual reunió a más de 200 mujeres de la industria musical de Latinoamérica durante 30 días. Actualmente, el proyecto trabaja también con festivales y otros espacios, creando escenarios, alianzas y oportunidades para artistas y profesionales.

“No es como que tú vas al MIM, participas, estuve y canté y qué lindo y bye”, explicó. “Para nosotros una vez un artista, una profesional forma parte del encuentro, va a ser siempre parte del encuentro”.

Ese modelo incluye también una política concreta frente a los cuidados: las artistas pueden acudir con sus hijas e hijos a charlas y talleres. “No nos molesta que estén los niños”, dijo. “Son parte y lo entendemos”.

La idea de comunidad también apareció en el trabajo de las organizaciones representadas por Balladelli, donde las reglas de inclusión, diversidad y seguridad forman parte de la organización de conferencias, conciertos y festivales. La intención, explicó, es que el respeto esté presente desde la contratación hasta el final de la actividad.

¿Qué dejamos cuando nos vamos?

La pregunta final cambió el tono de la conversación: si mañana tuvieran que abandonar el lugar que ocupan actualmente, ¿dejarían la industria como la encontraron?

La respuesta compartida no fue una declaración de triunfo, sino una idea de proceso.

“Yo sí tengo como mucho esta idea: desde lo que trabajo, en el momento que deje de hacer esto quiero sentir que estoy dejando linda esta escena, diferente a como me la encontré”, planteó una de las participantes.

Para Yahaira, el cambio también debe entenderse como algo que puede retroceder. “Claro que ha cambiado mucho y deberá seguir cambiando”, afirmó, pero recordó que los avances conquistados en distintos territorios también pueden perderse y que mantenerlos requiere continuar trabajando.

La conversación cerró regresando a una de las preguntas que habían guiado el encuentro: cómo entrar a los mercados, cómo entrar a la industria y cómo formar parte de ella. Pero en lugar de ofrecer una fórmula, las cuatro experiencias mostraron rutas distintas: desde la radio y la disquera hasta los clubes, los conservatorios, los mercados, las organizaciones y las comunidades.

Para Cabrera, hablar de esas rutas humanas era también una forma de ampliar la conversación más allá de las métricas y las plataformas: “Era muy necesario que también habláramos desde las rutas que tomaron estas cuatro mujeres para entrar a la industria, pero también empezar a integrarse en el ecosistema y crear su propio ecosistema”.

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