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Columna: ¿Necesitamos ver a un artista colapsar para creerle?


El 2025 fue el año en el que empezamos a tomarnos en serio la salud mental de las, les y los artistas. Así lo advierte un artículo reciente de Clash Magazine, que abrió con una historia que ha perseguido por meses a los medios y a la comunidad musical: la cancelación total de la gira de Lola Young para priorizar su salud.


La cantante británica se desvaneció en pleno escenario. El momento, grabado desde todos los ángulos y viralizado sin piedad, reactivó una pregunta que la industria ha preferido ignorar: ¿Cuánta presión ejerciendo sobre quienes viven de la música?


Tras el incidente, Lola Young se disculpó públicamente. Habló del dolor que sentía por “decepcionar” a quienes habían comprado boletos. Su mensaje, más que un comunicado, fue un síntoma: incluso al límite del colapso, una artista siente que su agotamiento debe justificarse.

Y mientras las conversaciones sobre salud mental se han vuelto más visibles, la presión para trabajar hasta el extremo solo ha aumentado. Entre relaciones parasociales, la sobrecorrección del encierro post-pandemia y un modelo de negocio que exige disponibilidad total, las agendas de gira han alcanzado niveles insostenibles.


¿Necesitamos ver a un artista colapsar para creerle?


No, para nada. La salud mental refleja ese desgaste: ansiedad, depresión, insomnio, burnout e incluso ideación suicida. No son fallas individuales; son consecuencias lógicas de un sistema diseñado para extraer hasta el agotamiento. No podemos seguir celebrando una industria que presume crecimiento mientras su fuerza laboral —y especialmente las mujeres que la sostienen— vive en condiciones indignas. Nuestro país no es la excepción.

En el Encuentro Iberoamericano de Mujeres en la Industria Musical se revelaron datos iniciales, pero el pasado día del músico tuvimos la idea completa. El proyecto de Christian Alanis, múPSica, dio a conocer la Encuesta Nacional de Salud Mental en la Industria Musical México 2025, que nos ofrece una respuesta incómoda, pero urgente de nombrar. 


Porque detrás del supuesto “momento dorado” de la música mexicana —detrás del auge del streaming, los sold outs y la visibilidad global— existe una estructura que se sostiene sobre la precarización laboral, la desigualdad y el deterioro emocional de quienes trabajan en este ecosistema.


Uno de los hallazgos más contundentes del informe es que la precariedad tiene género. Aunque la informalidad afecta a toda la industria, cuando se observan los datos con perspectiva de género aparece una brecha alarmante: el 75% de mujeres y disidencias trabaja sin contrato, sin seguridad social, sin protección laboral de ningún tipo.

Y esa vulnerabilidad estructural no termina ahí.

El estudio registra una alta incidencia de violencia simbólica, discriminación y acoso sexual, prácticas que siguen normalizadas en foros, festivales, estudios, escenas y backstage. 


A esta violencia simbólica se suma la violencia económica.


La mayoría de las mujeres encuestadas reporta ingresos de entre mil y cinco mil pesos al mes, cifras que no cubren necesidades básicas y hacen imposible pagar terapia, renta o servicios médicos. Esta realidad coloca a miles de creadoras en una doble trampa: la industria enferma, pero ellas no tienen recursos para atenderse.


Los síntomas no son fallas individuales, sino respuestas lógicas ante un sistema que exige jornadas infinitas, exposición constante, inestabilidad económica y total disponibilidad emocional.


Este informe no busca apagar las celebraciones, busca reorientarlas. Si la industria musical mexicana quiere un futuro real, necesita sostenerse sobre algo más que cifras y algoritmos. Necesita sostenerse sobre las personas. Ahí es donde debemos compartir más el manifiesto S.A.L.V.A de muPSica, una declaración de principios para quienes se niegan a elegir entre su éxito y su salud mental.


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