El nombre de Karen y los Remedios tiene un origen concreto. En octubre del año pasado, desde la cuenta de Instagram del proyecto, Ana Karen Barajas —vocalista del grupo— comenzó a compartir una serie de publicaciones sobre los remedios que han formado parte de su vida; una conversación que retomó al iniciar 2026. “No me basta con curarles el corazón”, escribe, y desde ahí aparecen las plantas como archivo personal y territorial.
El chilcuague, originario de Guanajuato —estado donde creció—, atraviesa recuerdos de noches de mezcal y prácticas de cuidado frente al dolor de garganta, y continúa acompañándola lejos de casa. Más que una consigna, sus textos apuntan a reconocer que el conocimiento médico también se construyó fuera de los laboratorios y que en México existe una tradición que suele quedar fuera del relato dominante.
En esa misma línea, las publicaciones se desplazan hacia otros contextos. El jamu, bebida ancestral de Indonesia elaborada y vendida cotidianamente por mujeres, aparece como una práctica viva de transmisión de saberes; el toronjil o melisa, como una planta que acompaña procesos internos más que síntomas clínicos. Esta conversación no es ajena al proyecto musical. Hace un par de años, durante una charla a propósito del estreno de Silencio, Ana Karen habló de cómo el nu-jazz, el trip-hop, el arte outsider y la cumbia conviven en el sonido de Karen y los Remedios, pero también de los remedios que comenzaron a formar parte de su vida al enfrentar una enfermedad autoinmune. Aquí, la música y el cuidado no se explican por separado.

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