Cada año, cuando inicia marzo, digo que se abre el portal mágico. No es una metáfora, es una forma de nombrar algo muy concreto: de pronto aparecen presupuestos etiquetados, convocatorias específicas, ciclos curatoriales completos y una urgencia institucional por programar mujeres y disidencias.
Todo ocurre en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, el 8 de marzo. Una fecha atravesada por luchas laborales que hoy activa agendas culturales enteras. Marzo se convierte en un periodo de concentración de recursos, espacios y atención pública.
En el Mapa de Músicas Mexicanas he registrado, durante los últimos tres años, más de 100 eventos tan solo en la semana previa al 8M y al menos 50 más en el resto del mes. Los números muestran capacidad de organización, redes activas y una escena que sabe producir, gestionar y convocar. También evidencian que el financiamiento aparece cuando se decide asignarlo.
Existen espacios que solo destinan recursos en ese mes y que, en todo el año, realizan un único evento “de género” para cumplir con la agenda conmemorativa, ya me ha tocado la respuesta de que regrese en marzo. No hay seguimiento, no hay programación sostenida, no hay revisión estructural de sus carteleras. Marzo funciona como casilla marcada en el calendario.
Durante estas semanas se concentran conciertos, conversatorios, festivales y lanzamientos. La programación se encadena. Hay artistas que tocan varias veces en días consecutivos, equipos técnicos que cubren dobles jornadas, medios que intentan no dejar fuera ningún proyecto. El público distribuye su tiempo entre eventos simultáneos y, nos quedamos en el FOMO al no poder asistir a tantos, no es sostenible, no hay bolsillo ni cuerpa que aguante marzo.
En abril se cierra el portal mágico y solo se abrirán otros micro portales el resto del año, el flujo cambia. Las líneas presupuestales específicas desaparecen, las agendas modifican prioridades y la programación vuelve a esquemas habituales. La escena pasa de una sobrecarga de actividad a una reducción drástica de espacios.
En ese escenario, quienes trabajamos en medios culturales sostenemos una labor continua que ya no cuenta con el impulso conmemorativo. Seguimos documentando discos, procesos y conciertos que ocurren fuera del radar institucional. Mantener esa cobertura implica trabajo editorial, gestión y presencia en territorio sin la infraestructura y exposición extraordinaria que aparece en marzo.
Este ciclo tiene efectos acumulativos. La concentración de marzo produce desgaste en artistas, gestoras y periodistas: calendarios saturados, tiempos de producción comprimidos, coberturas encimadas. También produce una experiencia fragmentada para el público, que enfrenta una oferta desbordada en cuatro semanas y una disminución marcada el resto del año. No logramos una formación con base en la constancia.
Si en una sola semana pueden articularse más de 100 eventos, el debate no es sobre capacidad, sino sobre distribución. Los recursos, la infraestructura y el conocimiento existen. Lo que falta es trasladar esa lógica de excepción a una política cultural de continuidad.
Nombrar marzo como portal mágico implica reconocer tanto su potencia como su límite. No se trata de restarle peso al 8M, sino de preguntarnos por qué la energía, el presupuesto y la atención pública no se sostienen los otros 334 días.
El portal mágico abre cada 1 de marzo. La discusión pendiente es cómo evitar que se cierre el día 31 y cómo transformar esa concentración de recursos en una política cultural sostenida.
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