En la antesala de una jornada que celebra el fetiche del objeto —el surco, la aguja, la edición limitadacomo etiqueta de consumo—, Record Collecting for Girls de Courtney E. Smith propone una desviación necesaria: no coleccionar discos por acumular, sino por las formas en que se adhieren a la vida.
Hay una genealogía menos visible detrás de ese gesto. A comienzos del siglo XX, el fonógrafo —uno de los primeros sistemas de sonido doméstico— fue pensado y comercializado específicamente para mujeres. La publicidad lo colocaba en el centro del hogar como signo de cultura y modernidad: una tecnología que no sólo reproducía música, sino que ayudaba a modelar la figura de la mujer “cultivada”. Ese cruce entre consumo, género y escucha —documentado en análisis históricos sobre la música en el espacio doméstico— no desapareció, se transformó y a partir del formato adquirido empezó a excluir, solo basta recordar como en la década de los 70 se empezó a diferenciar entre el melomano serio y la consumidora de modas a partir de la adquisición de discos y sencillos.
El libro de Smith se sitúa, sin nombrarlo directamente, en esa herencia. Parte de una constatación incómoda: las mujeres compran casi la mitad de la música, pero rara vez han sido las narradoras de esa relación. Desde su experiencia en la programación musical de MTV, desmonta esa ausencia no con una historia lineal, sino con un archivo emocional donde cada disco funciona como detonador de memoria.
No se trata de acumular rarezas ni de jerarquizar discografías completas, sino de rastrear cómo la música se incrusta en los vínculos, en los afectos y en los errores. Las listas —ese gesto obsesivo del melomano — aparecen, pero como excusa narrativa: una forma de ordenar lo que en realidad es inestable. Porque el gusto cambia, las canciones evolucionan, y los discos dejan de ser objetos para convertirse en evidencia de qué somos a partir de lo que escuchamos.
Uno de los aciertos del libro es establecer la relación entre música y género. Smith observa cómo incluso en espacios aparentemente neutros —la radio, la crítica, la tienda de discos— persisten códigos que asignan roles: qué se espera que escuchen las mujeres, qué instrumentos “deberían” tocar, qué lugar ocupan en la historia. Esa incomodidad atraviesa todo el texto, desde las listas personales hasta los pasajes donde revisa la dificultad de lograr una programación equitativa en MTV.
Es un libro sobre el desplazamiento, Smith insiste en que las mujeres no coleccionan discos para poseerlos, sino para entenderse: “invertimos en la manera en que la música nos hace sentir”, desarmando la lógica del coleccionista como acumulador y proponiendo otra figura, más cercana a quien archiva su propia experiencia.
En ese sentido, Record Collecting for Girls funciona una guía y un espejo. No ofrece respuestas sobre qué escuchar ni cómo construir una colección “correcta” al estilo "High Fidelity", el libro y película que celebra la exclusión a partir de la colección, el gusto y los conocimientos (tal vez por eso no conectamos tanto con la versión femenina de 2020), sino que abre preguntas sobre por qué seguimos volviendo a ciertos discos, incluso cuando ya no somos quienes éramos al escucharlos por primera vez.
Recomiendo leerlo antes de Record Store Day, propone un pequeño ajuste de enfoque: entrar a la tienda no como quien busca una pieza faltante, sino como quien reconoce que cada disco —nuevo o usado— es también una forma de narrarse. Y que esa relación, lejos de ser nueva, arrastra una historia donde escuchar también ha sido una forma de habitar —y disputar— el espacio que antes se llamaba doméstico pero que a partir de la perspectiva de género, nos pemite analizar lo privado como un lugar donde también se forman identidades.

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