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La niña futbolista y la incomodidad de ver a una mujer en el centro de la historia




No tenía pensado escribir sobre el mundial (con minúscula), estoy superando a los FIFAs de mi familia y el impacto de haber presenciado en 1986 la mano de Dios en las gradas del Estadio Azteca, entre hinchas de Argentina e Inglaterra, me podría nombrar superviviente de ese y otros momentos de violencia futbolera.

Desde hace semanas he visto aparecer distintas acciones que, más que sumarse a la conversación futbolística, han hecho visibles temas que siguen siendo urgentes desde la protesta social. El 3 de mayo, De Batl realizó las Batallas Escritas Antimundial con la participación de Amenic y Diosa Espiral. Después llegó la intervención de la artista Elsa Oviedo sobre el parche de la Selección Nacional para señalar la crisis de desapariciones y feminicidios. Más recientemente, Vivir Quintana apareció en la alfombra de los Premios Aura con una playera que recordaba algo que no debería necesitar recordatorio: en México existen madres buscadoras. A todo esto le agregamos las cascaritas organizadas en la Glorieta de las Mujeres que Luchan y en los cierres de Avenida Juárez frente a la Plaza Palestina.






Ninguna de estas acciones habla realmente del Mundial. Hablan de un país que seguirá existiendo cuando el torneo termine. Hablan de ausencias, de violencia y de las vidas de las mujeres. Yo no pensaba escribir sobre el deporte hasta que apareció la nueva versión de La niña futbolista, interpretada por Julieta Venegas, y observé la virulencia de algunas reacciones en redes sociales. Llevo bastante tiempo hablando de la evolución de la narrativa de las canciones interpretadas y compuestas por mujeres, desde el androcentrismo hasta la canción feminista, por lo que la respuesta de la machosfera no me extrañó: mientras la frase “las mujeres de hoy todo pueden ser” resuena en muchas mujeres que practicaron este y otros deportes, los hombres notaron que ya no son los protagonistas y que los mandatos de género fueron cuestionados y derribados en tres minutos.


La canción, escrita por Ignacio Silva para Patita de Perro a finales de los años noventa, cuenta una historia sencilla. Una niña quiere jugar futbol. Los adultos le dicen que juegue con muñecas para aprender a ser mamá. Sus compañeros le dicen que el futbol no es para ella. Cuando intenta entrar a la selección encuentra resistencia. Después juega, anota goles y demuestra que nunca fue un problema de capacidad.

Lo que me llamó la atención en diversos medios feministas no fue la canción, sino la respuesta. La discusión rápidamente dejó de ser musical. Lo que apareció fue una molestia difícil de explicar desde criterios artísticos. Si el problema fuera simplemente que una mujer interpreta una canción asociada al futbol, sería difícil entender por qué artistas como Shakira, cuya música ha acompañado al mundial en dos ocasiones, no provocan una reacción semejante. Tan solo por poner otros ejemplos: "Yes Sir, I Can Boogie", interpretado por el dúo español Baccara en 1977, se convirtió de forma inesperada en el himno no oficial de la selección de fútbol de Escocia y de su afición (la Tartan Army), no se le ha cuestionado en ningún momento, la euforia que provoca ha sido altamente documentada y viralizada en RRSS. Otra canción de la misma Julieta Venegas, Andar Conmigo, acompañó al bromance entre un DT y seguidores del Cruz Azul. La pregunta entonces es otra: ¿qué es exactamente lo que incomoda?

Con 184 mil reproducciones del vídeo en YouTube, Venegas y el coro del Conservatorio Nacional de Música, colocan a una niña en el centro del relato. No está acompañando a nadie. No es una figura decorativa, ni figura aspiracional del amor romántico, ni es una fan/espectadora. La historia ocurre desde su experiencia y alrededor de su deseo de ocupar una cancha.




Durante décadas, el futbol ha sido uno de los territorios donde la masculinidad se ha construido, celebrado y defendido con mayor fuerza. Desde la ocupación del patio en la escuela y la reducción de los espacios de ocio de las niñas, las narrativas que lo rodean también han respondido a esa lógica. Los protagonistas suelen ser hombres. Las historias suelen pertenecer a hombres. Los sueños, los conflictos y las victorias suelen contarse desde ellos, incluso en terrenos desiguales e imposibles como en los Supercampeones.

Por eso la relevancia de La niña futbolista no radica únicamente en que una mujer interprete una canción rumbo al Mundial. Su importancia está en la narrativa que propone. La canción habla de una niña que escucha que ciertos espacios no le corresponden y que aun así insiste en habitarlos. Coloca a las mujeres al frente y al centro de una historia que tradicionalmente se ha contado sin ellas, siendo limitada por los estereotipos, tan solo vean "Copa 71" (2023), "Bend It Like Beckham" (2002), "Tan cerca de las nubes" (2023) y muchas otras ficciones y documentales.

Las narrativas importan porque determinan quiénes aparecen en el centro de la historia y quiénes permanecen en los márgenes. Cuando una canción vinculada al Mundial sigue el recorrido de una niña que quiere jugar futbol, reconoce una realidad que existe desde hace mucho tiempo. Las mujeres juegan futbol, lo siguen, lo enseñan, lo analizan (recordemos la violencia digital que enfrenta Marion Reimers como periodista deportiva), lo disfrutan y construyen comunidad alrededor de él.

Lo veo constantemente entre mujeres vinculadas a la música. Piaka Roela, La Cuervo, Panchita Peligro, Claudia Arellano (por cierto dedicó un álbum al deporte que practica desde niña) y Libertad Figueroa forman parte de una larga lista de músicas que encuentran en el futbol un espacio de convivencia, amistad y comunidad. Ninguna de ellas es una excepción. Son parte de una realidad que rara vez ocupa un lugar visible dentro de las narrativas que rodean al deporte.

La antropóloga y feminista Marcela Lagarde escribió que "el cuerpo de las mujeres ha sido la mayor parte de la historia espacio de dominación, violencia y enajenación. Para el feminismo, los cuerpos de las mujeres son territorio de experiencia creativa y emancipación". Mientras observaba la discusión alrededor de la canción pensé en esa idea de territorio. La cancha también es un territorio.

Lo es para las niñas que juegan futbol en escuelas, parques y ligas comunitarias. Lo es para las mujeres que han tenido que justificar una y otra vez su presencia en el deporte, con poco apoyo y salarios injustos. Y quizá por eso la respuesta es tan agresiva. Porque la canción no sólo habla de futbol. Habla de una niña ocupando un espacio donde algunos todavía consideran que no debería estar.

Las reacciones de la machosfera parecen confirmar justamente aquello que la canción denuncia. No se trata de quién la canta. Se trata de lo que cuenta. Se trata de una historia donde una mujer deja de aparecer en los márgenes y ocupa el centro de la escena. Yo no iba a escribir de fútbol por mi posicionamiento anti mundialista, pero ya le di más de cinco vueltas a La niña futbolista. No es su relación con el Mundial, sino la pregunta que deja flotando después de escucharla: ¿por qué sigue molestando tanto una historia donde una niña simplemente quiere jugar futbol?

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Memorias del comienzo

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