Hay una conversación que aparece cada temporada de festivales: por qué siguen estando “las mismas” mujeres en los carteles. Se habla de repetición, de saturación o de quienes nuevamente son cuotas, cuando en realidad el problema sigue siendo otro: la distribución desigual de los espacios. Porque mientras decenas de proyectos masculinos pueden circular durante años sin que nadie cuestione su permanencia o el no realizar nada durante años, las artistas suelen cargar con la exigencia constante de justificar por qué siguen ahí.
La conversación siempre termina desviándose. Como si el problema fuera que ciertos nombres se repiten y no la dificultad histórica para que más proyectos encabezados por mujeres logren permanecer, crecer y ocupar esos espacios al mismo tiempo. Julieta Venegas suele quedar atrapada ahí: convertida en argumento para cuestionar la paridad, cuando en realidad su trayectoria tendría que entenderse como referencia y no como límite.
Porque Julieta Venegas es el nombre que ya reconocemos, pero no solo es el éxito. Norteña. Memorias del comienzo deja ver justamente todo lo que existe antes de una carrera consolidada: los trayectos largos, las escenas pequeñas, la sensación de no pertenecer del todo y la construcción lenta de una voz propia en medio de una ciudad atravesada por la frontera.
Publicado este año en distintos países de Latinoamérica y España, el libro funciona más como una colección de recuerdos y escenas que como una autobiografía convencional. Desde las primeras páginas aparece Tijuana como territorio emocional y político: las horas de espera para cruzar la garita, las conversaciones familiares mezcladas con el ruido de la radio, los vendedores ambulantes, el paisaje entre dos países y la sensación constante de crecer “en dos lugares al mismo tiempo”.
También están los recuerdos familiares: las mudanzas constantes entre ambos lados de la línea, la relación con su hermana gemela, las escapadas infantiles para buscar a sus padres en el estudio fotográfico donde trabajaban y la sensación de crecer en espacios donde el arte convivía con la precariedad y la incertidumbre, con la oportunidad de acercarse a la música a través del piano, siendo la única de la familia que le encontró no solo gusto, también sentido.
Musicalmente, Norteña encuentra fuerza cuando Julieta narra el descubrimiento de los sonidos que terminarían marcando su obra. El acordeón aparece como una búsqueda identitaria. También las primeras bandas donde fue tecladista antes de convertirse en cantante y compositora, los conciertos adolescentes, los viajes entre un lado y otro de la frontera para trabajar en una tienda de discos, las películas rentadas y el impacto de encontrarse con escenas musicales que parecían existir en otro universo.
Hay momentos particularmente conmovedores cuando habla de la Ciudad de México de los noventa, de las caminatas eternas, de los cassettes en el walkman y de mirar a bandas como Café Tacvba con la distancia de quien todavía no imagina que terminará formando parte de la misma generación musical. Ahí, mientras avanza de a poquito y siente que no va a suceder nada y debería volver a Tijuana, está el recuerdo de su madre cantando, ser la posibilidad de la siguiente generación.
El libro evita por completo la narrativa del “ascenso”. No intenta acomodar su historia en un relato de éxito ni convertir cada experiencia en lección inspiracional. Más bien deja ver contradicciones, dudas y procesos incompletos. Y ahí radica parte de la importancia de libros como éste: entender los procesos detrás de una artista que logró sostenerse durante décadas dentro de una industria donde muchas todavía no encuentran espacio para consolidar una carrera.
Julieta Venegas no aparece aquí como figura excepcional desconectada de su contexto, sino como alguien atravesada por escenas locales, redes afectivas, búsquedas musicales, contradicciones personales y territorios específicos. Norteña funciona como registro de permanencia. De cómo se construye una voz propia sin responder completamente a las expectativas de la industria, de cómo una artista puede cambiar, moverse entre géneros y seguir habitando espacios masivos sin desprenderse de su historia personal. Ser una de "las mismas" en muchos escenarios, pero al mismo tiempo tener un inicio en común con otras que buscan espacios.

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