Las cuatro revueltas no funciona como un split en el sentido convencional, es un ejercicio de articulación política y estética donde el ruido, la palabra y el cuerpo se vuelven una misma superficie de enunciación Chile-México-Perú. A lo largo de diez cortes y cerca de cuarenta minutos, el proyecto convoca a Luna Sedata (Yucatán), Kenopsia (Lima), Malplena (Santiago) y hanakotoba (Ciudad de México) para construir un mapa emocional que se desplaza entre el screamo, el post-hardcore y el neo-crust desde una voz situada: la de mujeres que escriben, gritan y tensan los límites de estos géneros.
Desde su planteamiento, el disco se asume como un “aullido-territorio”: una noción que atraviesa todo el recorrido en respuesta a una historia de silenciamiento. Hay una voluntad de desbordar lo racional para situar la expresión en el terreno de lo visceral: gruñidos, quiebres, spoken word y pasajes de contención que se abren paso como formas de memoria y confrontación .
El orden de aparición de las bandas no es arbitrario. Luna Sedata abre con tres canciones que condensan una tensión constante entre melancolía y furia. Kenopsia profundiza el descenso. Sus dos cortes amplían el espectro hacia atmósferas más densas, donde el neo-crust se entrelaza con elementos de black metal, post-rock y spoken word. Mientras que Malplena retoma la velocidad y el filo. Sus tres canciones reafirman el carácter urgente del split: “La estridencia subversiva: un presagio en la historia” destaca como uno de los puntos más incisivos del compilado, no por su contundencia aislada, sino por cómo encapsula el espíritu general del proyecto.
El cierre con hanakotoba introduce otra textura. Sus dos demos desplazan el eje hacia una dimensión más contemplativa. La combinación de poesía hablada y pasajes instrumentales abre una grieta donde la esperanza aparece sin ingenuidad: como una construcción frágil, sostenida desde los vínculos y la complicidad.
El proyecto, gestado desde 2025 como un proceso comunal de composición y organización, pone en circulación una serie de posicionamientos que atraviesan lo antipatriarcal, anticapitalista y antiextractivista, sin caer en discursos cerrados, proponiendo al centro una escucha crítica. En este entramado, el papel de no hay futuro resulta clave: un colectivo DIY con base en Puebla y Ciudad de México, su trabajo se guía por una indagación afectiva sobre las implicaciones y dimensiones simbólicas de la música en vivo. Esta lógica de trabajo se traduce directamente en el espíritu del split: una apuesta por lo colectivo, lo autónomo y lo afectivo como formas de producción y circulación.

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