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Sonoridad: La industria de la reacción, de la canción al meme



En los últimos días he estado pensado continuamente tres cosas: la primera vez que en un medio me dijeron que debía repetir la hazaña de romper nuestras estadísticas con una publicación (Paul McCartney se presentaría gratis en el Zócalo, obviamente no se repitió el récord de lecturas hasta Roger Waters), la llegada del grupo de expertos en SEO y posicionamiento a controlar el contenido (la indicación de escribir sobre las tendencias, aunque no tuvieran que ver con música, cambió al medio) y, por último, desear que Julieta Venegas ya éste en su etapa Finally Old Enough (To Not Give A Fuck), como bien dice la canción de Sarah Hester Ross.

Parecen temas desconectados, pero se relacionan profundamente en el tratamiento de la información. Para algunos medios los clicks importan más, generar tráfico fácil ayuda a que la publicidad programática se siga moviendo. Si una palabra aparece entre las principales tendencias de búsqueda, se debe producir (nótese la palabra, no escribir o investigar) contenido relacionado. No importa demasiado si existe una historia relevante detrás o si el vínculo es forzado. Lo importante es participar en la conversación digital del momento.

Recuerdo particularmente un caso que sigue pareciéndome alarmante. Después del asesinato de una persona en el restaurante La Polar en la CDMX, varios medios comenzaron a publicar recomendaciones sobre otros lugares para comer birria y donde ubicar otras sucursales. Con la etiqueta en tendencia en Twitter, fue evidente para algunos redactores que se tenía que aprovechar el tráfico. Uno de esos hashtags fue una gran discusión en un medio donde trabajaba, la tendencia era la palabra "agua" y debíamos producir en la fábrica de notas algo relacionado con la música, el público inmediatamente notó que algunas cosas ya no tenían sentido en el medio.

La conversación alrededor de La niña futbolista dejó muchas preguntas abiertas. Algunas tienen que ver con la música, otras con la política y otras más con las redes sociales. Sin embargo, hay una dimensión que ha recibido menos atención: el papel que desempeñaron los medios de comunicación en la amplificación de la violencia digital que enfrentó Julieta Venegas.

No es la primera vez que lo vemos, tampoco será la última, porque partimos del tratamiento de la información, cuando se clasifica a las mujeres en la música se tiende a insertarlas en la sección de espectáculos y no en la de cultura, con eso ya sabemos que tendrá una combinación de rosa y amarillo. Durante los días posteriores a la presentación de la canción, una parte importante de la cobertura se construyó a partir de memes, comentarios virales y reacciones negativas. No importaba tanto el corte musical, el contexto de su lanzamiento o su historia. Lo importante era mostrar quién se burlaba, cuántas personas se burlaban y cuál era el meme más compartido. La crueldad combinada con ingenio puede ser muy viral y aumenta el tráfico.

El SEO —las estrategias para aparecer en los primeros resultados de búsqueda— dejó de ser una herramienta complementaria para convertirse, en muchos casos, en un criterio editorial. Sería fácil responsabilizar únicamente al SEO, a los algoritmos o a las tendencias de búsqueda, sin embargo, las herramientas no toman decisiones editoriales. Las personas sí. Si las palabras clave más buscadas eran "Julieta Venegas" o "La niña futbolista", existían múltiples formas de abordar la historia, ahí es donde notamos que los clicks son más importantes y que en muchas redacciones la capacitación con perspectiva de género no ha llegado.

Mientras muchos músicos son analizados desde la crítica cultural, la innovación artística o el impacto de sus obras, las mujeres suelen ser empujadas hacia narrativas centradas en la celebridad, el escándalo o la controversia. Se alentó el linchamiento que derivó en el bloqueo de comentarios, incluso eso se convirtió en nota, olvidando la responsabilidad que acompaña la redacción desde que se plantea, se escribe y se libera. En muchos momentos los medios participan en la conversación digital desde el proceso de hostigamiento colectivo.

Hace más de una década, el fenómeno conocido como Gamergate dejó una lección importante sobre la relación entre comunidades digitales, acoso y cobertura mediática. Lo que comenzó como una aparente discusión sobre videojuegos derivó en campañas sistemáticas de hostigamiento contra desarrolladoras, periodistas y creadoras que cuestionaban las dinámicas de una industria tradicionalmente dominada por hombres. Algo similar ocurrió con Kelly Marie Tran tras su participación como Rose Tico en una de las entregas recientes de Star Wars. La actriz recibió ataques racistas y misóginos de tal magnitud que terminó alejándose temporalmente de las redes sociales. 

Con estos casos seguimos aprendiendo, desafortunadamente, sobre seguridad digital. Desde hace años enfrento este tipo de violencia: desde audiencias de una estación de radio, por ejercer el periodismo feminista, de parte de organizadores de festivales y, en días recientes, a raíz de la publicación del artículo sobre La Niña Futbolista. En cada una de esas experiencias he tenido que elevar una o dos rayitas, mis medidas de seguridad en redes sociales.

Cuando las mujeres ingresan a espacios históricamente masculinizados —los videojuegos, la ciencia ficción, el deporte, la política o determinados circuitos culturales— las reacciones hostiles suelen ser tratadas como parte del espectáculo antes que como un problema estructural.

A lo largo de los años muchos periodistas me han dicho que si han cambiado los medios, ya se escribe más, pero la perspectiva de género no consiste solamente en aumentar el número de mujeres que aparecen en las noticias. También implica preguntarse cómo son representadas, desde qué lugar son narradas y qué consecuencias tienen las decisiones editoriales que se toman alrededor de ellas.

Mientras sigamos confundiendo cobertura con amplificación y conversación con espectáculo, seguiremos observando el mismo fenómeno una y otra vez: mujeres convertidas en tendencia, violencia transformada en contenido y medios incapaces de reconocer que, en ocasiones, también forman parte del problema.

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