En el marco de la 5ª edición de EIMIM, el conversatorio “De la representación a la acción: redes de mujeres transformando la industria musical” reunió experiencias de México, Colombia, Panamá, España y Canadá para hablar de algo que va más allá de ocupar espacios: qué hacer con ellos una vez que se abren.
La conversación partió de una constatación conocida para quienes trabajan dentro de la música: la ausencia de mujeres no ocurre únicamente sobre los escenarios. También aparece detrás de las consolas, en los estudios, en los equipos de producción, en los puestos ejecutivos, en la toma de decisiones y en el acceso a los recursos.
“Esta es la primera vez que tengo una jefa mujer”, compartió una de las participantes al plantear la dimensión de esa ausencia, después de 18 años de trayectoria.
Pero el objetivo de la mesa no fue detenerse en el diagnóstico. La pregunta que atravesó el encuentro fue otra: ¿cómo pasar de la representación a la acción?
Hacer red para dejar de trabajar solas
Arantxa Martínez Duarte, presidenta de + Músicas, colocó la comunidad como uno de los puntos de partida. Las redes, explicó, pueden convertirse en espacios donde las mujeres no solamente se encuentren, sino también generen negocios, colaboraciones y oportunidades.
Su experiencia con + Músicas lo ejemplifica: una búsqueda de una ingeniera de sonido para una producción terminó conectándolas con Carolina Antón, de SoundGirls México. Después de ese primer vínculo surgieron nuevas colaboraciones entre México y España.
“Si nosotros no tenemos ese tipo de cosas, no avanzamos tampoco los proyectos”, señaló Martínez. La red, dijo, permite que el trabajo de una se conecte con el de otra y evita que cada proyecto tenga que construirse desde cero.
Para Carolina Antón, productora musical, ingeniera de sonido y presidenta de SoundGirls México, esa visibilidad resulta particularmente importante en áreas técnicas que suelen permanecer fuera de la mirada del público.
“Sí existimos, sí hay muchas mujeres dentro de muchas áreas”, afirmó, enumerando puestos como producción, stage management, management, iluminación e ingeniería.
La construcción de referentes también apareció como una tarea pendiente. Antón recordó a Cristela Jiménez, ingeniera de sonido que trabajó durante años con Vicente Fernández, como uno de los referentes que encontró al comenzar su propia trayectoria.
“Si vamos sumando más modelos y que las niñas, las jóvenes empiecen también a ver qué es posible”, explicó, “también” se amplían las posibilidades imaginadas para quienes vienen detrás.
No existe una sola Latinoamérica
Yahaira Osiris, desde MIM Latam, llevó la conversación hacia una dimensión territorial. Hablar de redes latinoamericanas implica reconocer que las condiciones para las mujeres y disidencias no son iguales en todos los países.
Desde Panamá, señaló que Centroamérica continúa quedando fuera de buena parte de las conversaciones y datos regionales sobre la industria musical. Por eso, construir alianzas requiere primero conocer las condiciones concretas de cada territorio.
“Si nosotros queremos construir y crear estas alianzas, no podemos hacer cosas superficiales que no involucren las realidades de los territorios”, planteó.
Su intervención recordó que género, orientación sexual, condiciones socioeconómicas, discapacidad, salud mental, migración y pertenencia territorial pueden cruzarse dentro de las trayectorias profesionales. MIM Latam, explicó, comenzó como un encuentro de cinco días y se convirtió en una plataforma que trabaja durante todo el año alrededor de estas realidades.
La representación necesita estructura
Desde Colombia, Carolina Gómez, directora del Centro Cultural de la Universidad Javeriana de Bogotá, habló desde la programación cultural y de la responsabilidad de las instituciones para que la presencia de mujeres no dependa únicamente de esfuerzos individuales.
Gómez compartió que actualmente la universidad cuenta con una proporción mayor de mujeres entre quienes estudian música, algo que contrasta con su propia experiencia formativa, cuando eran apenas tres mujeres en grupos de 25, 30 o 40 estudiantes.
Para ella, participar en redes también implica un trabajo adicional, especialmente para quienes tienen responsabilidades de cuidado. Sin embargo, considera que la organización colectiva es necesaria para generar transformaciones de mayor alcance.
“La esperanza es, bueno, yo también qué voy a hacer”, dijo. Y resumió parte de su propuesta en tres acciones: “participar primero, formarnos y comunicarnos”.
La discusión sobre estructuras tomó otra dimensión con Heather Gibson, directora ejecutiva de producción de música popular del National Arts Centre de Canadá. Desde su experiencia institucional, explicó que el debate en Canadá ha pasado de abrir espacios a discutir cómo sostener condiciones de equidad dentro de las instituciones.
Uno de los puntos que destacó fue la necesidad de desarrollar a las nuevas generaciones de mujeres que están entrando a la industria. La existencia de mujeres en posiciones directivas, señaló, no resuelve por sí misma el problema si no se construyen caminos para quienes vienen detrás.
“El problema ahora en Canadá no es que no haya mujeres con posiciones altas en directivas”, se explicó durante la traducción de su intervención. “Lo que hay que enfocarse ahora es en desarrollar estas nuevas mujeres que vienen en camino”.
La experiencia también se construye trabajando
Otro de los obstáculos identificados durante el conversatorio fue el conocido círculo de “no tienes experiencia” que dificulta el acceso de mujeres a determinados puestos.
Gibson explicó que, en el programa canadiense para mujeres productoras que coordina, algunas participantes señalaban que no podían conseguir trabajo porque no habían tenido previamente oportunidades laborales. La red buscó precisamente generar espacios donde pudieran trabajar juntas, acumular créditos y construir un currículum profesional.
Pero también existe otra dimensión: la posibilidad de preguntar y aprender sin tener que demostrar constantemente que se sabe más que los hombres presentes en una sala.
En ese punto, Antón retomó la conversación para señalar que muchas mujeres con experiencia siguen sin ser visibles.
“No hay estos espacios para las mujeres porque según no tienen experiencia, pero sinceramente creo que hay muchas mujeres que tienen muchísima experiencia, pero solamente no son visibles”, afirmó.
La discusión se desplazó entonces de la capacitación individual hacia la responsabilidad de quienes contratan, programan y toman decisiones.
¿Y los hombres?
Uno de los momentos centrales de la conversación fue la discusión sobre la participación de los hombres en estos procesos.
Martínez señaló que parte de su trabajo consiste precisamente en hablar con hombres que ocupan posiciones de responsabilidad dentro de la industria. Frente a quienes consideran que la desigualdad ya está resuelta, propuso mostrar cifras y datos que permitan contrastar esa percepción con la realidad.
“Esto es una cosa de todos y de todas”, afirmó.
La idea fue retomada por varias participantes: si las estructuras de poder continúan teniendo una fuerte presencia masculina, la transformación no puede quedar restringida a las mujeres.
Para Gómez, los hombres que forman parte de los entornos profesionales también necesitan involucrarse en el cambio. Yahaira Osiris coincidió desde una perspectiva de ecosistema: “No podemos dejar a nadie por fuera”.
En su organización, explicó, han generado incluso dinámicas donde artistas hombres se ponen al servicio de las artistas y profesionales mujeres para que sean ellas quienes ocupen el centro y tengan visibilidad.
Normalizar, no convertir la equidad en excepción
Hacia el cierre, Gómez planteó una idea particularmente significativa desde la programación: dejar de presentar la diversidad como una hazaña excepcional.
“Instalar la diversidad como normal”, propuso.
En lugar de anunciar permanentemente cuántas mujeres fueron programadas como si se tratara de un logro extraordinario, habló de incorporar esa presencia como parte natural de las decisiones curatoriales. Incluso propuso hacer ejercicios de programación exclusivamente con mujeres sin convertir necesariamente esa característica en el nombre o concepto de la programación.
Pero la normalización no significa dejar de señalar las desigualdades cuando persisten. Para las artistas, dijo, sigue siendo necesario exigir y señalar los desequilibrios.
La diferencia está en que la presencia de mujeres deje de ser una excepción que necesita explicación para convertirse en parte cotidiana de la programación.
El objetivo final sería que estas redes dejaran de ser necesarias
Una de las reflexiones más contundentes llegó desde Osiris al hablar del futuro de proyectos como Minlatán y otros espacios creados específicamente para mujeres y disidencias.
“Ojalá no tuviese que existir un proyecto como el Minlatán”, dijo. No porque estos espacios no sean importantes, sino porque su desaparición significaría que las condiciones que hicieron necesaria su creación finalmente habrían cambiado.
Mientras eso no ocurra, señaló, seguirá siendo necesario construir espacios de encuentro, visibilidad y articulación.
La conversación cerró regresando a una idea que había aparecido desde el principio: todas las personas que forman parte del ecosistema musical tienen capacidad de acción, desde quienes programan hasta quienes producen, estudian, escuchan, contratan, gestionan o participan como audiencia.
Y quizá ahí estuvo una de las principales aportaciones del encuentro: pasar de preguntar cuántas mujeres hay en la industria a preguntarnos qué hacemos con el espacio que ocupamos, a quién abrimos la puerta y qué condiciones dejamos para quienes vienen detrás.
Porque, como señaló Heather Gibson desde su experiencia, cuando se tiene poder y privilegio no basta con abrir una puerta: también hay que acompañar a quienes están intentando cruzarla.
La representación, entonces, puede ser apenas el comienzo. La transformación ocurre cuando esa presencia se convierte en red, experiencia, oportunidades, decisiones y estructuras capaces de sostener el cambio.
Comentarios
Publicar un comentario