Treinta y cinco años después, Brindis por un Difunto vuelve a colocarse en el centro, no desde la nostalgia sino desde la urgencia de nombrar lo que abrió. El debut de Nina Galindo no sólo marcó el inicio de su trayectoria: señaló una forma de habitar el rock desde un lugar que no estaba dado para las mujeres, en un momento donde grabar, producir y sostener un proyecto propio implicaba disputar cada espacio.
El disco se construyó a contracorriente. Mientras a su alrededor se asumía que grabar era un trámite sencillo, Nina enfrentaba promesas rotas y procesos truncos. Fue hasta que Modesto López apostó por el proyecto que el álbum encontró salida en Discos Pentagrama, con Federico Luna en la producción. Esa serie de obstáculos no es un dato menor: atraviesa el sonido del disco, su intensidad y la forma en la que se sostiene como una declaración que no negocia.
Hoy, al revisitarlo, la propia Nina reconoce el peso del tiempo con una mezcla de asombro y distancia: “Me cayó así como, ay, güey, ¿no?”. Pero Brindis por un Difunto no se queda en la efeméride. Fue el álbum que la colocó como mejor vocalista de rock femenina en 1991, en diálogo con figuras como Cecilia Toussaint y Rita Guerrero. Reivindicarlo hoy implica escucharlo no sólo como un disco entrañable por cómo nos formó a muchas en la década de los 90, sino como un punto de quiebre que todavía resuena en las formas en que las mujeres han tomado la palabra dentro del rock.
Galindo rememoró el proceso para llegar a su primer disco en solitario, un camino que no fue fácil. Antes de consolidar su proyecto, colaboró con grupos como Escape y Follaje, pero sentía la necesidad de crear su propio concepto. A pesar de las dificultades para encontrar producción en una época donde la tecnología para grabar era limitada, contó con el apoyo de Modesto y Federico Luna, quien se encargó de la producción, grabación y mezcla. El disco fue presentado en El Arcano, un importante lugar de jazz, lo que abrió muchas puertas para la artista, llevándola a festivales y otros espacios en los 80 y 90.
Al ser consultada sobre el concepto de "Brindis por un Difunto" en 1991, Galindo explicó que el álbum defendía el trabajo de Beto Ponce, incluyendo muchas de sus canciones. Las letras abordaban temas como el amor y el desamor, la violencia de género ("El gancho al hígado"), el suicidio ("Mírame desaparecer") y los feminicidios ("Brindis por un difunto"). La artista destacó que estas canciones reflejaban la realidad de la época y su perspectiva como mujer, influenciada por el ejemplo de su madre, una mujer independiente que se divorció en un contexto social difícil.
Galindo también compartió su preocupación por la situación actual de los adultos mayores, sintiéndose molesta por la forma en que son tratados y la falta de atención a sus necesidades. Recordó su infancia durante el movimiento del 68, viviendo cerca del Museo del Chopo y presenciando la represión, lo que la llevó a ella y a su generación a crecer con un espíritu más rebelde e irreverente.
Sobre sus canciones favoritas del álbum, Nina Galindo mencionó que "Mírame desaparecer" fue la que más trabajo le costó por la exigencia vocal, pero también es la que más le gusta. Otras canciones destacadas incluyen "Llévate lejos tu blues", "Mariposa negra" de Roberto González y "Qué bonito hospital" de Javier Velázquez, esta última por la divertida confusión que generaba en el público sobre su contenido.
La artista expresó su gratitud por el apoyo de los músicos que la acompañaron en el disco, muchos de los cuales se han convertido en parte de su familia. Finalmente, agradeció el interés en su trabajo y la oportunidad de reflexionar sobre un álbum que ha sido significativo para muchas personas.
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