Hay ausencias que la música castiga más que otras.
Una banda puede desaparecer años y volver convertida en leyenda. Un músico puede cancelar fechas, alejarse, reinventarse o atravesar crisis personales sin que eso cuestione automáticamente su lugar dentro de la escena, incluso se vuelve parte de su proceso creativo. Pero cuando una mujer materna, la conversación cambia. De pronto aparece una palabra que funciona como sentencia silenciosa: “inconstante” o como dijeron algunos críticos sobre el disco No Cities To Love de Sleater Kinney, su regreso era aburrido por hablar de una etapa en particular de la vida de sus integrantes.
“Inconstante” es llegar tarde porque los tiempos de cuidado no responden a cronogramas de producción. Es rechazar una gira porque no existe infraestructura mínima para sostener una crianza en movimiento. Es no asistir a todos los conciertos, showcases o fiestas donde se construyen contactos y oportunidades. Es tener que decidir constantemente entre permanecer visible o sostener la vida cotidiana.
La industria musical sigue operando desde una lógica profundamente excluyente: disponibilidad absoluta, horarios extendidos, urgencia permanente y cuerpos capaces de responder sin pausa. Un modelo construido alrededor de personas sin responsabilidades de cuidado, donde todo aquello que implique descanso, crianza o acompañamiento parece un obstáculo para la productividad.
Y aunque la música suele pensarse a sí misma como un espacio progresista, pocas veces cuestiona las condiciones reales que expulsan a quienes maternan. Porque no se trata únicamente de artistas arriba del escenario. No hay espacios seguros para habitar esos entornos con infancias y la obligación a reducir presencia porque el ecosistema simplemente no contempla su existencia completa, con todas las capas de lo que son: profesionales en la música y madres.
La maternidad no aparece como problema por sí sola. El problema es la falta de condiciones. No hay áreas de lactancia. No hay zonas de descanso. No hay presupuestos destinados al cuidado. No hay logística diseñada para tiempos no lineales. Y todavía persiste una mirada que asume que las infancias son interrupciones incómodas dentro de espacios culturales.
Resulta interesante cómo incluso las representaciones audiovisuales sobre maternidad y música evidencian esa tensión. Documentales como Momz Hot Rocks (2009), Rock N Roll Mamas (2013) o Rock 'n' Moms (2002) colocan a las mujeres en una narrativa de conciliación permanente: madres que deben demostrar que todavía pueden sostener una carrera artística mientras cumplen con las expectativas de cuidado. La maternidad aparece como un reto logístico y emocional que necesita justificarse constantemente frente a la música.
En contraste, cuando el foco se coloca sobre la paternidad dentro de escenas musicales dominadas por hombres, el conflicto cambia de dimensión. Ahí está The Other F Word (2011), documental dirigido por Andrea Blaugrund Nevins, donde figuras del punk californiano como Jim Lindberg, Flea, Mark Hoppus o Fat Mike reflexionan sobre el paso de ser hijos rebeldes a convertirse en padres (cuando no están de gira). La diferencia es brutal.
En The Other F Word, la paternidad no pone en duda la permanencia de los músicos en la escena. Nadie cuestiona si siguen siendo profesionales por tener hijas o hijos. El documental incluso puede permitirse ser entrañable y divertido mientras observa a esos hombres cubiertos de tatuajes navegar juntas escolares, camionetas familiares y habitaciones infantiles decoradas junto a memorabilia punk. El conflicto principal no es estructural, sino simbólico: cómo mantener viva la imagen anti-autoridad del punk mientras ejercen la autoridad dentro de casa.
Pero en The Other F Word aparece otra “F” mucho más incómoda para el imaginario punk: fatherhood. Jim Lindberg, líder de Pennywise, lanza la pregunta central del documental: “¿Cómo pasamos de rebelarnos contra nuestros padres a convertirnos en padres nosotros mismos?”. Y aunque la película explora las contradicciones de hombres que envejecen dentro de una cultura obsesionada con permanecer joven, la paternidad nunca es presentada como una amenaza real para su carrera. Al contrario: humaniza, complejiza e incluso fortalece el mito.
Ahí está una de las grandes diferencias con las narrativas sobre maternidad en la música.
Mientras a los padres punk se les observa con fascinación por equilibrar lo doméstico con la rebeldía, las mujeres que maternan siguen siendo leídas desde la sospecha profesional. Ellos son “punk rock dads”; ellas, muchas veces, simplemente se vuelven “inconstantes”. Incluso dentro de un género construido alrededor de la resistencia y la crítica social, las estructuras de cuidado siguen distribuyéndose de manera desigual.
Porque detrás de la romantización de los padres rebeldes existe una realidad mucho menos amable para las madres dentro de la música: carreras pausadas, desaparición de oportunidades, menor visibilidad y espacios incapaces de adaptarse a las necesidades de cuidado. En el documental Nothing Compares (2022), se muestra la otra propuesta de la industria, a Sinéad O'Connor la disquera le propone costear el aborto para que no cometa suicidio profesional. La consecuencia es clara: muchas mujeres desaparecen parcialmente de la escena no porque quieran abandonar sus procesos creativos, sino porque permanecer implica un desgaste desproporcionado.
Y entonces llega otra violencia: la romantización de quienes “sí pudieron”. Como si sobrevivir al sistema fuera prueba de que el sistema funciona. Como si la precarización extrema tuviera que convertirse en mérito personal. Quizá por eso la conversación no tendría que centrarse en cómo las madres logran adaptarse a la industria, sino en por qué la industria sigue negándose a transformarse.
Hablar de accesibilidad en la música también es hablar de cuidados. Pensar en camerinos habitables, festivales con infraestructura para infancias, redes de acompañamiento, horarios menos hostiles y presupuestos que entiendan que sostener la vida también forma parte del trabajo cultural.

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