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| Dinastía Duende - cortesía |
En el marco de la programación de CCD Radio del Centro de Cultura Digital, dentro del programa público de la exposición Pluri-Sonoridades y la toma del espacio por parte de Amplificadas, tuve la oportunidad de entrevistar el 22 de mayo de 2026 y celebrar el medio siglo de trayectoria de una de las familias más emblemáticas de la cultura sonidera en México: la Dinastía Duende.
Para compartir este valioso patrimonio con el público, se inauguró el pasado 3 de junio una exposición en la Galería José María Velasco, que originalmente sería un homenaje a Ricardo Mendoza desde el corazón de Tepito, el lugar donde mantuvo múltiplés relaciones con Sonido Duende, pero conforme la familia fue ubicando piezas e historias, notó que era necesario extenderse a las generaciones que mantienen viva la dinastía, por lo que ofrecerán una programación que incluye documentales, charlas y talleres enfocados en analizar y celebrar lo que han sido estos 50 años de historia, música y resistencia cultural desde la prácticas sonideras.
Con la participación de tres generaciones de mujeres que hoy lideran, preservan y llevan esta historia a nuevos niveles —Élfega Gómez Jacob (conocida como "Mamá Duende", "Sonido Butterfly" o "la jefa sonidera"), su hija Marisol Mendoza ("la Musa Mayor") y su nieta Arlett Mendoza ("la princesa duende")—, la conversación desentrañó los orígenes de una colección que supera los 10,000 discos de vinil y que resguarda la memoria de la música tropical en el país.
De los discos al sonido
Élfega Gómez llegó desde un rancho de Chiapas a la Ciudad de México cuando tenía 14 años. Fue aquí donde los discos comenzaron a formar parte de su vida cotidiana. Primero los observó en las casas donde trabajaba su hermana y después junto a Ricardo Mendoza, con quien construiría el proyecto que más tarde se convertiría en Sonido Duende.
Cuando ambos eran adolescentes, Ricardo trabajaba vendiendo discos para otra persona. Con la intención de independizarse, comenzaron a ahorrar hasta reunir suficientes discos para iniciar su propio puesto. La primera colección cabía en dos cajas de huevo. Después llegó un estéreo con dos bocinas comprado en una mueblería y, con ello, la posibilidad de reproducir la música que comenzaban a reunir.
En el barrio, Ricardo era conocido como "Chambitas" porque reparaba electrodomésticos, ayudaba a vecinos y realizaba distintos trabajos. De ahí surgió el primer nombre del proyecto: Sonido Chambitas. Años más tarde, uno de sus hijos propuso el nombre Sonido Duende, que terminaría por acompañar a la familia hasta la actualidad.
Un sonido construido desde la comunidad
El paso de la venta de discos a las tocadas ocurrió en Azcapotzalco. Los vecinos comenzaron a invitarlos a participar en bautizos, fiestas y reuniones familiares. En aquellos años, el equipo se trasladaba en triciclos y diablitos con ayuda de amistades y vecinos, mientras Ricardo construía artesanalmente sus propios bafles.
Antes de los teléfonos celulares y las redes sociales, la promoción se realizaba pegando carteles en postes y muros. Los saludos tampoco llegaban escritos en papeles: las personas se acercaban directamente a compartirlos con el sonidero.
Aunque participó activamente en cada etapa del proyecto, Élfega recuerda que durante muchos años su trabajo permaneció fuera de la mirada pública: "Siempre cuando empiezo a salir como soy digo que era una pieza escondida, no porque mi esposo me escondiera, sino porque no era nombrada, no era vista como sonidera. Simplemente apoyaba a mi esposo, por eso digo yo, era una pieza escondida."
Con el tiempo, su presencia dejó de quedar en segundo plano y hoy es reconocida como una de las figuras más importantes dentro de la cultura sonidera, es la Jefa.
Una colección de 10 mil discos
La colección familiar se distribuye actualmente entre distintos espacios de resguardo y reúne materiales provenientes de varias décadas de búsqueda en mercados, tianguis y ferias especializadas.
Marisol Mendoza recuerda que su padre desarrolló una forma muy particular de encontrar música. Compraba lotes completos de discos y, en ocasiones, adquiría álbumes enteros por una sola canción. "Había discos que mi papá compraba por un solo tema. Yo le decía: '¿Y cuando no te dejaban abrir el disco por qué lo comprabas?' Y me decía: 'Por la portada'."
La colección incluye cerca de 200 discos de la Sonora Matancera, además de materiales de Celia Cruz, Sonora Dinamita y agrupaciones vinculadas con la cumbia, el porro, el vallenato y otros ritmos latinoamericanos. También conviven piezas de funk, rock and roll y artistas como Michael Jackson o John Lennon.
Para Arlett Mendoza, integrante de la tercera generación, crecer rodeada de discos fue parte de la vida cotidiana. "Para mí aprender a poner un disco de vinil fue como aprender a agarrar una cuchara o aprender a caminar." También recuerda la capacidad de su abuelo para localizar cualquier pieza dentro del archivo familiar: "Tenía una memoria fotográfica donde decía: 'Está en tal stand, en la fila número cuatro, cuentas 20 discos y es este'."
Ese vínculo con la colección se mantiene hasta hoy. Entre las enseñanzas que heredó de Ricardo Mendoza hay una que permanece intacta: los discos no se venden.
Un legado que continúa
Actualmente la Dinastía Duende atraviesa un proceso de relevo generacional. Hijas, nietas, nietos y sobrinos participan en distintas áreas del proyecto, ya sea desde la operación del sonido, la selección musical o el trabajo de difusión. La familia también forma parte de Musas Sonideras, colectivo que ha contribuido a visibilizar la participación de las mujeres dentro de una cultura históricamente narrada desde figuras masculinas, que de muchas maneras está enlazando otras generaciones de sonideras, desde las prácticas, no desde los grandes equipos.




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