Tercera parte del reporte especial de Rock al Parque 30 años
La Noche nos pertenece es más que el nombre de un festival. Es una frase que plantea una disputa por el espacio: por quién puede estar en una noche de fiesta o de concierto, quién puede transitarla, tocar, organizarla, ocupar un escenario y regresar a casa con seguridad.
En SonoridadMX hemos trabajado esta discusión desde distintos ángulos: la observación de las violencias de género en los espacios musicales, la necesidad de protocolos de atención y prevención, las condiciones de seguridad y, sobre todo, la pregunta sobre qué significa realmente que mujeres y disidencias puedan participar de las escenas musicales, porque no basta con abrir un escenario si las condiciones para habitarlo siguen siendo desiguales e incluso peligrosas para el público objetivo.
Esta mirada también permite entender lo que encontramos durante nuestra cobertura de Rock al Parque 30 años: junto a los grandes escenarios existe una red de iniciativas que llevan años construyendo otras formas de participación. Festivales, colectivas, conciertos autogestionados y espacios independientes donde las mujeres no solamente aparecen como artistas, sino como gestoras, productoras, programadoras y responsables de crear condiciones para que otras puedan asistir y participar.
Una de esas iniciativas es La Noche nos pertenece, creada por Claudia Pániko, guitarrista y vocalista de Pániko Satániko. Para su tercera edición, el proyecto lleva un nombre todavía más explícito: Gritamos como viejas.
Después de un rápido intercambio de mensajes directos en Instagram y Whastapp mientras me movía por Bogotá durante el Foro Internacional de Periodismo de Rock, me encontré con la vocalista Claudia Pániko cerca del stand de la legendaria banda colombiana I.RA, ahí en pleno Rock Al Parque me explicó que el festival nació hace aproximadamente un año y medio con una intención concreta: abrir espacios para las mujeres que ya forman parte de la escena. “Buscamos con el festival abrirle espacios a las chicas que están en la escena, ¿no? Que están tocando, que gestionan, que cantan, que tienen participación de alguna forma en sus proyectos”.
Pero hay una particularidad en la propuesta. Las bandas no son necesariamente exclusivamente femeninas. Claudia decidió incluir también proyectos mixtos porque esa es su propia experiencia como integrante de Pániko Satániko. “Yo toco con una banda mixta, entonces pues dije, hay muchas otras chicas que también están en proyectos así, vamos a abrirles las puertas y a mostrar estas nenas que también están acompañando a otra gente”.
La decisión importa porque cuestiona una idea que aparece con frecuencia cuando se habla de representación: que no se programan mujeres porque “no hay suficientes”, pero las mujeres están participando de las escenas de muchas maneras. A veces son las vocalistas o instrumentistas de una banda mixta; otras veces gestionan, producen, organizan o sostienen proyectos que no necesariamente aparecen en las estadísticas de programación.
La seguridad también forma parte del cartel
La experiencia de La Noche nos pertenece dialoga directamente con una pregunta que hemos planteado desde SonoridadMX: ¿qué condiciones necesitamos para que una mujer pueda ocupar un espacio musical y sentirse segura en él?
En las primeras ediciones del festival se fueron incorporando actividades y estrategias de cuidado. Hubo talleres gratuitos de stencil, dibujo y customización de prendas, y también acompañamiento de la Colectiva Enguarichadas en materia de protocolos de cuidado y espacios seguros para mujeres y disidencias.
Aquí entendemos que no se trata de un elemento accesorio o la creación de un Punto Violeta que a veces es simbólico. Hablar de representación sin hablar de seguridad deja fuera una parte fundamental de la experiencia de las mujeres en la música. Una programación puede alcanzar un porcentaje determinado y, sin embargo, mantener condiciones que dificulten la participación, la permanencia o el regreso seguro de quienes asisten.
Por eso, cuando hablamos de políticas públicas para garantizar la presencia de mujeres en los festivales, la discusión tiene que incluir también protocolos, prevención, atención y recursos. Mientras preguntamos continuamente quién sube al escenario, olvidamos cuestionar quién puede estar allí y si su público puede llegar, permanecer y retirarse con seguridad.
Una escena que se está moviendo
Para Claudia Pániko, el momento actual de la escena punk colombiana muestra un movimiento importante de mujeres que están tomando los instrumentos y ocupando espacios. “Creo que ahorita hay un movimiento bien, bien fuerte de las mujeres acá, las chicas que están tocando. Creo que se están levantando mucho. Muchas chicas están parándose a tocar, a agarrar los instrumentos y a darle súper duro”.
Su lectura parte de una escena históricamente masculinizada, pero no se queda en la descripción de esa desigualdad, “creo que todas estamos diciendo como: bueno, vamos a pararnos duro y a tomarnos estos espacios que son nuestros”.
Esa frase también sirve para mirar el momento actual de las políticas culturales en Colombia. La aprobación de Súbeles a Ellas representa un avance importante porque establece porcentajes mínimos de participación de mujeres en espectáculos públicos musicales financiados totalmente con recursos públicos, pero una ley de representación no puede observar únicamente el resultado final: también debe mirar el ecosistema que permite que existan artistas, festivales y proyectos capaces de ocupar esos espacios, quienes forman la escena tardarán bastante tiempo en ingresar y ser clasificadas en SIMUS (Sistema de Información de la Música). Las evidencias de existencia ya están ahí, antes del proceso, el ecosistema ya está trabajando.
Los festivales también son infraestructura
La Noche nos pertenece ha ido creciendo edición tras edición. La primera versión se realizó mediante invitaciones a las bandas. Para la segunda se incorporaron actividades paralelas y gratuitas. En la tercera, Gritamos como Viejas amplía la programación con bandas nacionales, DJs y una ruta que incluye una chiva punk con música en vivo.
Son acciones que pueden parecer pequeñas frente a la dimensión de Rock al Parque, pero forman parte de la infraestructura cultural que permite que una escena exista. Por eso, al hablar de leyes que garanticen la presencia de mujeres, también necesitamos hablar de recursos para los eventos que ya están haciendo ese trabajo, la autogestión y la resistencia los mantienen vivos.
Existen festivales, colectivas y espacios independientes que llevan años generando programación, públicos, redes y protocolos de cuidado. Si las políticas de igualdad solamente se concentran en los grandes eventos, corremos el riesgo de mirar el resultado sin fortalecer el proceso. La representación necesita artistas, pero también necesita escenarios y los escenarios necesitan recursos.
Del derecho a estar al derecho a permanecer
La aprobación de una ley puede cambiar las reglas de programación, pero no sustituye el trabajo cotidiano de quienes construyen las escenas. La experiencia de La Noche nos pertenece muestra justamente eso: abrir espacios, convocar artistas, organizar actividades, generar condiciones de cuidado y construir un lugar donde las personas puedan sentirse tranquilas también es hacer política cultural, aunque ocurra fuera de las grandes instituciones.
Por eso es importante que las nuevas obligaciones de representación vayan acompañadas de recursos y mecanismos que permitan sostenerlas. No tendría sentido exigir porcentajes de participación mientras los pequeños festivales que han trabajado durante años para construir esas escenas siguen teniendo dificultades para financiarse. La pregunta debería ser también cómo fortalecerlos, por eso en Sonoridadmx el mapeo de festivales con representación femenina de 100% es una de las muchas prioridades, más que evidenciar las ausencias en los eventos masivos.
“Tenemos mucho por decir”
Claudia Pániko no habla de esperar a que alguien las incorpore, habla de hacer: “Hacerle la invitación a todas las chicas que no sientan ni pena ni miedo ni nada, sino que salgan y griten y digan todo lo que tienen que decir. Tenemos mucho por decir... Si quieren tocar, si quieren gestionar, si quieren armar conciertos, si quieren hacer lo que sea, somos capaces de hacer lo que se nos ocurra”.
Ahí aparece otra de las historias paralelas que encontramos durante este recorrido por Rock al Parque: las mujeres no están esperando que alguien las incorpore a la historia de la música. Están construyendo sus propias escenas.
La tarea de las instituciones no debería ser descubrirlas cada cierto tiempo, sino reconocer ese trabajo, garantizar condiciones para que continúe y distribuir los recursos de manera que más proyectos puedan existir. Porque antes de llegar a un escenario como el Simón Bolívar hay cientos de escenarios pequeños. Hay bares, casas culturales, centros comunitarios, festivales independientes, colectivos, ensayos, talleres y ahora chivas punks, conciertos donde una música grita fuertemente como vieja. Allí está el presente sin el volumen con autorización institucional y también se decide el futuro de una escena.




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