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Sirenas al ataque: 25 años de seguir buscando a las rockeras mexicanas


Hace un año ingresó la iniciativa y el 10 de septiembre de 2026 fue declarado ante el congreso, el 11 de septiembre se conmemora en la CDMX el Día del Rock Mexicano (también en el Estado de México desde hace un año), una fecha vinculada al Festival de Avándaro de 1971. Desde SonoridadMX propongo mirar un poco más atrás: el 25 de agosto de 1956, cuando se estrenó La Locura del Rock and Roll, con Gloria Ríos interpretando “El Relojito”, una película que tendría su estreno comercial en América Latina en 1957. Este año se cumplen 70 años de aquella aparición, una fecha que permite ampliar el relato y preguntarnos quiénes estaban ahí cuando el rock and roll comenzaba a tomar forma en México.

Esa pregunta atraviesa también Sirenas al ataque. Historia de las mujeres rockeras mexicanas, un libro que abrió una ruta para encontrar historias que permanecían dispersas. A 25 años de Sirenas al ataque, volvemos a conversar con Tere Estrada sobre cómo se construyó esa investigación y qué historias quedan todavía por encontrar. En 2001, Tere Estrada presentó Sirenas al ataque. Historia de las mujeres rockeras mexicanas, lo publicó el Centro de Investigación y estudios de la juventud con el apoyo de José Antonio Pérez Islas y Mónica Valdés. La acompañaron en la mesa Ella Laboriel  y Julia Palacios en el Museo de Culturas Populares en Coyoacán. Veinticinco años después, el libro sigue siendo una referencia para investigar la presencia de las mujeres en el rock mexicano. Pero su autora no considera que la historia esté terminada: continúa entrevistando, recuperando archivos y trabajando en un documental que amplía aquello que comenzó a documentar hace más de tres décadas.



Fotografía: FB Tere Estrada


Cuando Tere Estrada empezó a investigar a las mujeres en el rock mexicano, buena parte de las historias que buscaba no estaba en los libros. Tampoco resultaba sencillo encontrarlas en revistas, bibliotecas o archivos. Había nombres, a veces, apenas eso: “Mis cuadernos de trabajo eran cuadernos y cuadernos con nombres que eran nada más nombres, eran fantasmas. ¿Cómo lleno esa ficha? No tengo idea de dónde voy a buscar esa persona”, recuerda.

Para Estrada, encontrar a aquellas mujeres terminó pareciéndose a una excavación. “Es como la arqueología del rock... Buscas y entonces vas rellenando los cachitos”.

Ese trabajo comenzó antes de Sirenas al ataque. En 1991-1992, Estrada realizó la tesis Lenguaje de identidad en el rock mexicano, centrada en el periodo de 1985 a 1990. No era una investigación exclusivamente sobre mujeres, pero durante el proceso comenzó a registrar integrantes de bandas, estilos, influencias y otros datos que le permitían reconstruir las escenas musicales de aquel periodo. Las mujeres aparecían, pero eran pocas.

La investigación tampoco ocurría en un terreno académico particularmente receptivo. Estrada recuerda la reacción de un profesor de estadística cuando planteó hacer una tesis sobre rock: “No, pero qué es eso de hacer una tesis sobre rock. Aquí necesitamos cosas que se midan”.

Su trabajo pudo avanzar con el respaldo de María Luisa Castro y Sergio Colmenero, quienes la apoyaron como sinodales. También encontró un antecedente fundamental en Julia Palacios, quien había desarrollado programas y espacios de investigación y difusión del rock y, desde la Universidad Iberoamericana, impulsó talleres sobre el género cuando hablar de rock dentro de la academia todavía resultaba poco habitual.

“Julia, definitivamente, sí es una piedra angular en la historia de las roqueras mexicanas y en general sobre la historia del rock”, dice Estrada.

Años después, esas puertas se han abierto. Hoy existen investigaciones académicas sobre música y género, coloquios, estudios sobre distintas escenas y nuevas generaciones de investigadoras que trabajan sobre aquello que durante mucho tiempo no fue considerado un objeto legítimo de estudio, pero cuando Estrada comenzó, había que buscar de otra manera.

Una mujer llevaba a otra

El proyecto que posteriormente se convertiría en Sirenas al ataque empezó a crecer a partir de entrevistas. Una mujer llevaba a otra. Un contacto conducía a otro teléfono. Una fotografía podía abrir una nueva pista. “Siempre una me llevaba la otra”, recuerda. Entre las primeras entrevistadas estuvieron Norma Valdés, Mayita Campos y Baby Bátiz, después vendrían muchas más y, de acuerdo a lo que me comenta cada vez que me la encuentro, sigue localizando.

No había redes sociales para encontrarlas ni bases de datos disponibles con sus trayectorias. Algunas respuestas llegaban por correo; otras, por fax. Estrada recuerda a una baterista que le envió fotografías acompañadas de anotaciones escritas a mano. Una entrevistada que vivía en Nueva York respondió por teléfono. La investigación implicaba también una inversión económica personal. Había que pagar llamadas internacionales, paqueterías y desplazamientos. Estrada combinaba entonces la investigación con su actividad como música y con un trabajo que, reconoce, terminó sosteniendo el proyecto: daba clases de inglés.

“Dije: ‘Bueno, pues ve investigando de a poquito como puedas con tus fuerzas, con tus lanas, con todo’”, comenta la escritora, que al mismo tiempo agradece a la Tere maestra de inglés que en esa época sacó a flote el proyecto de investigación.

El libro tampoco encontró inmediatamente una editorial, antes de llegar a la publicación hubo varias versiones del manuscrito y varios rechazos. Algunas editoriales querían otras historias, otros nombres. Estrada recuerda que le pedían figuras como Alejandra Guzmán o Gloria Trevi. Su respuesta era sencilla: ella no estaba investigando esas historias, quería escribir sobre mujeres que habían construido sus trayectorias desde otros lugares: el garage, las escenas pequeñas, los circuitos donde ellas mismas producían y sostenían sus proyectos. “Serle fiel al proyecto implica tener una gran, gran paciencia”, explica.

Finalmente, el libro encontró una vía de publicación a través del Centro de Investigación y Estudios sobre Juventud. En 2001 apareció Sirenas al ataque, Estrada no tenía entonces la dimensión de lo que el libro terminaría provocando, “fue como una piedra angular. O sea, fue como llegar y pues aquí está, compañeras, ¿qué vamos a hacer con esto? No sé, pero aquí está”.

Por esa razón muchas consideramos a Estrada el piso para nuestras investigaciones. A mi no me tocó cubrir la conferencia de la presentación del libro, pero empecé a leerlo en un Tower Records que frecuentaba saliendo del trabajo, no sólo vi una ruta, se me abrió toda una perspectiva que logré aterrizar en una primera serie sobre mujeres en la música en Rock Stage en el 2004. 


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Lo que no estaba escrito

Uno de los problemas que atravesó la investigación fue precisamente la ausencia de documentación. Cuando un archivo no registra a determinadas personas, no significa necesariamente que esas personas no hayan participado en una escena, significa que hay que buscar otros registros. La historia oral fue fundamental para Sirenas al ataque, pero 25 años de trabajo también han llevado a Estrada a revisar críticamente los testimonios. La memoria cambia. Las fechas se mezclan. Los recuerdos adquieren nuevas capas.

“Las chicas les da al Alzheimer, se confunden de fechas”, dice con humor antes de explicar algo que considera fundamental para investigar: cruzar las fuentes. Un testimonio puede señalar un camino, pero después hay que buscar otros elementos que permitan confirmarlo o matizarlo: discos, revistas, fotografías, carteles, hemerotecas, registros institucionales.

Estrada cuenta, por ejemplo, que en una ocasión afirmó que tres mujeres habían participado en el Festival de Avándaro a partir de los testimonios que había encontrado. Después comprendió que una de las historias que había dado por cierta necesitaba ser revisada: no era lo mismo haber tocado que haber estado cerca de tocar. “De repente tú das por hecho cosas que te cuentan, pero tienes que tomar en cuenta que luego la mitad historia se mete”.

No se trata de desconfiar de las protagonistas, se trata de reconocer que la memoria también necesita investigación. “Nadie tenemos la verdad absoluta”, resume. Esa postura resulta particularmente relevante en un campo donde todavía existen versiones enfrentadas sobre quién estuvo, quién fue la primera, quién grabó antes o quién ocupó determinado lugar. Para Estrada, si alguien sostiene que tiene documentos que contradicen una investigación, la respuesta no debería ser la descalificación: “Pon ahí los datos y que todos sepamos qué pasó”.

La discusión sobre las fuentes es también una discusión sobre quién tiene derecho a construir la historia y desde dónde, el lugar que ellas mismas no siempre veían hasta que llegó una escritora a preguntar como quien valora las experiencias. El otro resultado de Sirenas al ataque, que no necesariamente aparece en una bibliografía, es que muchas de las mujeres entrevistadas comenzaron a mirar de otra manera el lugar que habían ocupado. Estrada lo explica como una especie de “constelación familiar”.

“Hazte cuenta que fue una constelación familiar. De todas, ¿no? A ver, compañeras, ustedes están aquí y acá estás y acá estás y ocupen su lugar”. En algunos casos, las propias protagonistas no se reconocían como parte de una genealogía del rock mexicano. El libro permitió reunir esas historias y ponerlas en relación, y al hacerlo apareció también otra dimensión: las condiciones que habían enfrentado para participar.

En investigaciones recientes, Estrada ha encontrado testimonios de mujeres que dejaron de tocar después de casarse porque sus esposos no se los permitieron. Otras podían participar únicamente en determinadas circunstancias. Algunas necesitaban un acompañante para asistir a los conciertos, el o la chaperona fueron una constante de cierta época. En el caso de las integrantes de Las Chics, por ejemplo, Estrada encontró que algunas habían continuado en la música bajo condiciones marcadas por sus relaciones familiares. Una de ellas podía tocar dentro del grupo de su esposo, pero no necesariamente continuar con su propia banda.

Son datos que permiten mirar de otra manera la historia de las mujeres en el rock. No basta con preguntar cuántas estuvieron en un escenario, también hay que preguntar qué tuvieron que negociar para llegar hasta ahí y qué las hizo abandonar. La investigación permite entonces mirar más allá de la fotografía del escenario o la validación a través de historias que no las nombran en sus propios términos.

Después del libro

Una de las decisiones de Estrada después de publicar Sirenas al ataque fue no dejarlo quieto. Lo llevó a distintos lugares, buscó presentarlo y difundirlo. No quería que terminara guardado en una biblioteca sin lectores. “Si yo no puedo dejar que este libro se quede en los estantes de los institutos de juventud de todo el país o de Latinoamérica, pues qué bueno. Pero en los estantes, ¿quién lo va a ver? ¿Quién va a saber qué existe?”

Veinticinco años después, el libro sigue circulando entre nuevas generaciones, siempre hay una persona que descubre por primera vez que es parte de genealogía que va más allá de los nombres de la década de los 90, muchas veces primero en viva voz de Tere Estrada y después en el libro. Su influencia no está solamente en las personas que lo leyeron en 2001. Está también en quienes han utilizado sus referencias para encontrar otras músicas, reconstruir escenas, formular nuevas preguntas o localizar protagonistas,. 

Una generación toma una referencia y continúa la búsqueda, es un mecanismo que quienes hacemos investigación sobre música conocemos bien: una entrevista lleva a otra; una fotografía conduce a un nombre; un nombre permite encontrar una banda; una banda abre una escena, un datito observado con mirada feminista te arroja al agujero del conejo e inicias tu propia aventura.


Tere también sigue buscando

El aniversario encuentra a Estrada en pleno trabajo. Mientras Sirenas al ataque cumple 25 años, su autora está concentrada en una nueva etapa de investigación: recuperar materiales audiovisuales, catalogar sus archivos y continuar entrevistando a protagonistas de aquellas primeras generaciones.

Parte de ese material está registrado en formatos que hoy requieren un proceso específico de recuperación. Estrada está trabajando con sus cintas Hi8 y Betacam y aprendiendo a organizar esos materiales para que puedan ser consultados y utilizados.

También está haciendo nuevas entrevistas, el tiempo vuelve urgente esa tarea. Algunas de las mujeres que entrevistó años atrás ya no pueden volver a contar su historia. Otras han muerto. “Estoy ahorita tengo como cinco entrevistas pendientes de mis viejitas de una vez, porque si no las perdemos, es necesario hacer el homenaje en vida”.

Por eso, este año no tiene planeada una gran celebración por los 25 años del libro, aunque la Colectiva Ellas Resuenan si lo ha considerado. Su preocupación inmediata está en otro lugar: recuperar testimonios mientras todavía sea posible hacerlo. El documental en el que trabaja forma parte de ese proceso, no es simplemente una adaptación audiovisual de un libro publicado hace un cuarto de siglo, es una oportunidad para volver sobre aquellas historias con nuevos materiales, nuevas entrevistas y nuevas preguntas.

No es una obra cerrada, la propia autora está modificándola desde el presente, y eso cambia también la manera de mirar el aniversario. No estamos frente a una investigación que terminó en 2001 y que ahora conmemoramos. Estamos frente a una investigación que continúa: “Siempre habrá alguien en el tintero”.

Cuando Tere Estrada comenzó a investigar, tuvo que construir buena parte de sus propias herramientas para encontrar a mujeres que aparecían apenas como nombres. Hoy, quienes seguimos esas pistas tenemos más posibilidades de encontrarlas y, también, la responsabilidad de abrir nuevas rutas. Antes del 2001 había que convencer a una editorial de que esas historias merecían un libro, en 2026 la conversación es otra: qué más falta por documentar, qué archivos están a punto de perderse, qué testimonios todavía podemos recuperar y qué historias pueden ser contadas por quienes las conocen desde dentro.


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