El riot grrrl no se organizó como una escena cerrada ni como un manifiesto único. Fue más bien una red que se iba armando entre conciertos, textos fotocopiados y conversaciones que no pasaban por la validación inmediata. En ese cruce, Kathleen Hanna —desde Bikini Kill y después Le Tigre— aparece como una de las figuras más visibles, pero no como el centro de todo.
La simplificación de un movimiento
Cuando se habla del movimiento, suele repetirse una lista corta. Pero la prensa de la época —y revisiones posteriores— dejó ver que había más capas. Bratmobile trabajaba desde lo inmediato, lo incómodo, lo que parecía inacabado; Heavens to Betsy se movía hacia un registro más personal sin suavizar el golpe; L7, aunque venía de otro momento, fue leída dentro de esa misma tensión por su postura directa frente a la misoginia.
Después, Sleater-Kinney tomó parte de esa energía y la llevó hacia estructuras más definidas, sin perder el filo. Ninguna de estas bandas funcionó en aislamiento: compartían circuitos, referencias y fricciones. En paralelo, medios como Spin y Rolling Stone concentraron la atención en unos cuantos nombres y terminaron por simplificar —y en varios casos tergiversar— el movimiento, como muchos otros momentos de nuestra historia en la música, fue reducido al mínimo. Frente a eso, las propias riot grrrls impulsaron un boicot a la prensa: dejaron de dar entrevistas y desplazaron la narrativa hacia sus propios canales. Por eso los fanzines no fueron solo soporte, sino la estrategia para apropiarse de su historia ahí se escribió, editó y distribuyó una versión propia que no dependía de la validación externa.
Una playlist que no intenta ordenar nada
La playlist de Riot Grrrl Day junta más de 30 bandas y sirve más para abrir que para cerrar. Ahí están las que estuvieron en el pico mediático, pero también otras que quedaron fuera del encuadre más difundido. En esa selección aparecen canciones como “Double Dare Ya” de Bikini Kill, “Cool Schmool” de Bratmobile, “Aqua Girl Star” de Huggy Bear o “Hip Like Junk” de 7 Year Bitch, que ya deberíamos considerar nuestras clásicas. También se cruzan proyectos como Excuse 17, Skinned Teen, Tsunami, Adickdid o The Frumpies, junto a otros nombres como Spitboy, Tribe 8, Red Aunts o Slant 6.
Escucharla es notar cómo el término “riot grrrl” se estira: hay punk directo, pero también desvíos hacia el indie, el noise o formas más cercanas al pop. No todo suena igual ni responde a una misma lógica, y justo ahí está lo interesante: no hay una sola forma de entender lo que pasó.
Lo que sigue moviéndose
Riot Grrrl Day puede funcionar como nostalgia, pero en éste momento histórico donde los derechos de las mujeres van en retroceso y la machosfera crece, es un recordatorio y nos obliga a volver a esos archivos —grabaciones, textos, registros— nos formaron a muchas y ver cómo siguen circulando desde su manifiesto inicial y el que circuló cuando se hizo oficial el día.
Porque si algo queda claro es que el riot grrrl no se quedó en los noventa, algunas músicas ya lo separan del movimiento y lo convierten en un género musical. Cambió de lugar, de nombre, de formato y evolucionó en otras ideas, como Ladyfest en el año 2000 — con influencia de Lilith Fair, pero con otras prácticas —. Y sigue apareciendo, a veces sin avisar, en otras escenas que también están tratando de incomodar lo que parece fijo.
En la actualidad, hay proyectos que sí se nombran directamente como riot grrrl, no como referencia lejana sino desde la práctica activa que nos recuerda porqué fue tan importante el regreso de Bikini Kill en el 2019. Bandas como Big Joanie han retomado esa etiqueta desde una perspectiva negra y feminista en el Reino Unido; The Tuts lo hizo desde el DIY y la autogestión en la década pasada; mientras que Dream Nails mantiene una línea explícita entre activismo, comunidad y música.
En América Latina, la apropiación ha sido menos literal pero igual de directa: proyectos que no siempre usan la etiqueta, pero sí operan bajo sus mismas urgencias —hacer, decir, incomodar— y que encuentran en el archivo riot grrrl un conjunto de herramientas para accionar.
La historia que no entró en el encuadre
También hay otra capa que durante años quedó fuera del relato más difundido: la de las mujeres negras dentro del movimiento. Iniciativas como Sista Grrrl Riots —documentadas en procesos posteriores— evidencian cómo el riot grrrl no fue un espacio homogéneo y cómo las tensiones raciales atravesaron su desarrollo desde el inicio.
Proyectos como Sista Grrrl Riots no solo señalaron esas exclusiones, también construyeron sus propias redes, archivos y formas de organización, ampliando lo que el término podía contener. Más que una corrección histórica, se trata de entender que el movimiento siempre estuvo en disputa, incluso mientras ocurría.
Volver a esa historia, la que sí se contó, la que no y la que se sigue ampliando — basta escuchar el episodio del podcast Punk In Traslation donde se nombra primera riot grrrl a Alice Bag — también es parte de lo que activa hoy el Riot Grrrl Day, un manifiesto para confrontar, desestabilizar y articularnos.


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