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Explorando el Mapa de Músicas Mexicanas desde la transformación y la sanación colectiva



Este artículo empezó a escribirse en noviembre de 2023 con el objetivo de ser incluido en una antología, se concluyó en abril de 2025 al cortar lazos con el proyecto. Volvió a retomarse al notar la profunda crisis al interior de muchas colectivas, que aunque se nombran en el siguiente texto, ya no están. Se comparte como un ejercicio que no pone distancia a las circunstancias, no busca tocar el pasado a través de funas y cancelaciones, sino para construir al futuro.


En el 2020, el Mapa de Músicas Mexicanas surgió como un proyecto destinado a investigar la existencia de una escena musical. Sin embargo, lo que comenzó como una simple verificación de la presencia de diversas expresiones musicales ubicando en términos geográficos y nombrando para realizar el acto de visibilización, se convirtió en un profundo análisis de tendencias, el desarrollo de un ecosistema fuera de la industria, la formación de escenas y las dinámicas para romper y resignificar estructuras desde la acción colectiva, estrechamente ligada a su existencia y la condición de género dentro de la música. Se observó con mucha admiración cada trabajo y proyecto, pero siempre estuvieron las preguntas: ¿por qué permanecen poco tiempo? ¿qué sucede con los enlaces generacionales? ¿son verdaderamente espacios horizontales? ¿pasar por colectivas deja aprendizajes de no repetición?.


Más allá de los datos que visibilizan, el estudio enfatiza las iniciativas que las mujeres y disidencias están llevando a cabo para subvertir la hegemonía cultural y desarticular las estructuras de poder que las excluyen. En un esfuerzo por crear una escena centrada en las mujeres, la aparición de comunidades dentro de la cultura dominante que se alimenta del trabajo conjunto, la formación de redes y estrategias clave para la mayoría de las mujeres abordadas en estos proyectos.


Las colectivas no se incorporan fácilmente a la escena local, ya que no se ajustan a los moldes aceptados y familiares. Sin embargo, sus saberes compartidos rápidamente generan un movimiento interseccional a su alrededor. Las colectivas crean espacios adaptables mediante acciones comunitarias, donde no siempre hay una declaración política explícita, pero sí una orientación hacia ideales de equidad. Aunque se promueve el separatismo para su desarrollo, continúan generando prácticas relacionadas con los espacios mixtos y otras aún más complejas que sobrepasan la simple romantización del trabajo en conjunto bajo la noción de sororidad.


La premisa fundamental es que las mujeres deben permanecer unidas para alcanzar una presencia más sólida y efectiva. Las organizaciones de cooperación para el desarrollo apuestan por múltiples estrategias que abarcan diversas dimensiones, desde internas hasta contextuales, prácticas, discursivas y de trabajo en red, celebrar la diversidad y fomentar el intercambio de saberes entre mujeres se convierte en un objetivo en sí mismo, desafiando las prácticas unidireccionales y uniformes del poder patriarcal tradicional que han sido impuestas sin debate y desde arriba.


Significa articular luchas, definirse entre términos como descolonizar y curar, asentando una nueva identidad a través de un vínculo que se nutre de manera recíproca o mutualidad, como algunas ya prefieren llamarlo como parte de un proceso donde se va más allá del intercambio equitativo y respeto mutuo, sino la colaboración e intercambio. Es desde allí que obtienen los saberes, pero también hacia allí se dirigen los mensajes y objetivos.


Consolidar el discurso feminista dentro de las organizaciones implica un esfuerzo real y práctico, con la intención de aprender, intercambiar y dialogar para avanzar hacia una mayor coherencia entre nuestras palabras y las acciones. La práctica del pensamiento feminista comunitario invita a iniciar este tejido desde la sinceridad, nombrando sin miedos ni hipocresías nuestra realidad, sin embargo no siempre se establece como necesaria la autocrítica, el reconocimiento y valorización de las experiencias internas para enriquecer los proyectos.


Es necesario analizar la interacción “en la construcción y mantenimiento de un mundo cultural ordenado y significativo que pueda servir como control y contenedor para la acción humana” al tiempo que celebramos el nacimiento de comunidades, observando siempre las relaciones horizontales y vínculos estratégicos desde lo político-ideológico, “sin perder de vista la necesaria reflexión organizativa interna que permita efectivamente construir relaciones igualitarias y justas" entre aliadas.


Colectivas mexicanas

Aunque siempre ha existido la necesidad de construir comunidades en torno a la música, no fue sino hasta la década de los 80 que surgieron eventos con el objetivo de unir a mujeres y músicas para enfrentar su invisibilidad en los escenarios. Esto implicó retomar la herencia del Movimiento de Liberación y los festivales exclusivamente femeninos, muchos de los cuales tuvieron lugar en entornos universitarios. Al mismo tiempo, las Chavas Activas Punks (CHAPS) desafiaban la academia, el sistema establecido y sus propios espacios de actuación, abogando por el enfoque totalmente autogestionado desde el Museo del Chopo en el Distrito Federal.


La creación del Día de la Mujer Rocanrolera el 23 de marzo de 1990 por parte de Chela Lora marcó un momento crucial al invitar a las mujeres a unirse en la música, teniendo un gran eco en las actividades que realiza anualmente El Tri, sin adaptarse en los círculos donde las mujeres son las protagonistas de la música o consolidarse como una propuesta que integre escenas. A veces los llamados no reciben respuesta, pero tienen continuidad y consistencia.


La acción conjunta no se materializó hasta la aparición del Colectivo de Mujeres en la Música A.C. en 1994, seguido por Mujeres en Fuga en 1998. En la siguiente década, surgieron iniciativas como Rimas Femeninas Sobre la Tarima en 2006 y Batallones Femeninos en 2009, entre muchas otras. Estos proyectos tenían en común la reivindicación de la presencia femenina y la realización de acciones en el ámbito musical, aunque no todos se autodenominan feministas. Solo dos de ellos perduraron en el tiempo, posiblemente debido a procesos internos de deconstrucción y a una mayor apertura en su enunciación a lo largo de los años.


Un claro posicionamiento llegaría con Histeria Femenina (2015-2018) estableciendo cambios afectivos y culturales, que derivan en acciones alrededor del grupo Las Navajas en colaboración con proyectos como AntiZocial, Bloody Benders, Blessed Noise, Las Fokin' Biches y Las Vinylators, la realización de eventos en espacios universitarios y la emisión del manifiesto se quedó en la idealización del trabajo en colectiva, donde se cuestionaba al circuito punk de la CDMX (como lo hicieran las CHAPS en su momento) y se generarían diálogos que las conectarán en posicionamientos con el movimiento riot grrrl de la década de los 90 en Estados Unidos y a su vez con la segunda ola del feminismo que propició los festivales 100% y prácticas de conocimiento individual y reconocimiento colectivo.


Entre el 2017 y 2020 surgieron más colectivas donde el sonido cobraba una dimensión política y se enunciaban la injusticia. En ese mismo periodo Marisol Mendoza gestionó junto con Mariana Delgado la colectiva Sonideras de Corazón, que en el 2017 cambió su nombre a Musas Sonideras en una actuación en el salón Candela11 y empezó a cumbiar el mundo entre México y Estados Unidos a través de la cultura sonidera.


Ese mismo año apareció en la escena de música experimental la colectiva Híbridas y Quimeras, que establece enlaces con la organización argentina Feminoise, editó el álbum de mujeres, trans y personas no binaries “Compilame'sta” (2019) y desarrolló Oris Label, disquera activa del 2020 a 2022 y en pausa desde el fallecimiento de V.A.L.I.S. Ωrtiz, dejando una huella a través de la “evaluación conjunta de decisiones y expresión libre de inquietudes individuales” y una “clara postura política de inclusión, visibilización y representación al momento de crear espacios donde se generen dinámicas libres de violencia y respeto mutuo".


Entre 2016 y 2020, en México, el movimiento feminista cobró fuerza en las calles y en las instituciones de educación media y superior, encarnado movimientos para vivir, construir y sanar las propias heridas como un trabajo colectivo, más que un proceso individual y silencioso. Con el intercambio, como un objetivo fundamental en sí mismo, se desafía las estructuras unilaterales y homogéneas del poder patriarcal, permitiendo un diálogo auténtico y enriquecedor. Durante este tiempo, surgieron diversas convocatorias y búsquedas para formar colectivas que se identificaban abiertamente desde el feminismo, aunque con diferentes niveles de desconstrucción interna. Por ejemplo, un grupo de Whatsapp se creó después del primer Encuentro Iberoamericano de Mujeres en la Industria Musical en 2019, dando lugar a la creación de Energía Nuclear (que actualmente se está redefiniendo), desde donde se desarrolló en 2020 el coro de mujeres El Palomar.


Además, a través de Facebook se llevaron a cabo convocatorias para formar colectivas como Mujeres Vinileras (2018), Chingona Sound (2020), Las Montoneras (2020) y Jam de Morras (2021). La mayoría de estas iniciativas surgieron durante la pandemia, cuando el confinamiento propició la formación de lazos virtuales que fortalecieron las acciones colectivas en el ámbito musical en México.


Responsabilidad afectiva y colectiva

Observando desde el repaso histórico y las más de 30 organizaciones que actualmente figuran en el Mapa de Músicas Mexicanas, surgen las diferencias entre "colectivo" y "colectiva", estableciendo un enfoque y composición a partir de las actividades, intereses y objetivos en común, donde las causas pueden cruzarse entre espacio femenino y feminista, abordando y combatiendo las desigualdades de género, que algunas veces no terminan de conceptualizarse y por lo tanto se politizan desde diferentes visiones de las dinámicas de poder, las estructuras patriarcales y las necesidades específicas de las mujeres en sus actividades y acciones colectivas.


Marcela Lagarde y de los Ríos, antropóloga e investigadora feminista, propone una concepción en la que la experiencia subjetiva de las mujeres conduce a la búsqueda de relaciones positivas y alianzas existenciales y políticas cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, con el propósito de contribuir a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo. En este contexto, la “sororidad se plantea como una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo.”


En su análisis sobre "Colectivas feministas en México y nuestra América", Ana Alfonsina Mora Flores retoma el concepto de sororidad y los resignifica como círculos sono-sororos, como una herramienta para cerrar las brechas en la música. Estos círculos no sólo cuestionan las prácticas de la industria musical, sino que también se fortalecen mediante la colaboración, la creación de espacios de desarrollo, procesos de formación y cuidado.


“La colectividad representa una apertura al diálogo y a otras escuchas mucho más profundas... No significa perder una individualidad, sino todo lo contrario. Permite reconfigurar la autopercepción al construir relaciones que posibilitan el desarrollo, la organización, el crecimiento y el acompañamiento dentro de un espacio seguro y de pertenencia”.


El desarrollo de círculos sono-sororos fue fundamental para cerrar brechas geográficas, pero también reveló los desafíos en la convergencia de perspectivas individuales dentro del ámbito colectivo/a, destacando la necesidad de abordar las diferencias y diversidades para mantener la cohesión. Reconociendo y conectando prácticas comunes, fue esencial para entender que las visiones no pueden ser uniformadas, pero que están entrelazadas por hilos que conectan la diversidad.


Las acciones externas propician el desarrollo de núcleos de trabajo a partir de una serie de necesidades y la búsqueda de herramientas para mantener la unidad, sin perder de vista la importancia de las acciones colectivas, encuentran a través del trabajo en conjunto el desarrollo de comunidades de conocimiento y reconocimiento, dan forma a nuevos presentes y resignifican el futuro, otorgan un sentido de identidad, transformación y generan zonas de expresión para mujeres, queers, no binaries y mujeres trans, se inicia el reconocimiento de la diversidad de cosmovisiones, se comparte la comprensión de que no existe una única visión que homogenice la vida y las prácticas, más bien se identifican hilos comunes que conectan esta pluralidad, fomentando así un diálogo desde las diferencias que unifican a veces las mismas experiencias.


A través de conversaciones informales, diálogos colectivos y entrevistas con las protagonistas del Mapa de Músicas Mexicanas, he observado que los primeros acercamientos le dan forma a una estructura que se afirma horizontal y sin jerarquías, el desafío real y tangible es la misma organización. La horizontalidad se nombra, pero no se trabaja. En el firme propósito de encontrarse, aprender, intercambiar ideas, dialogar y resistir, no siempre existe un avance hacia una coherencia total entre los discursos y prácticas al interior del colectivo/a. En primera instancia se cumplen los objetivos comunes, pero se descuida explorar las estrategias atravesadas por la diversidad al interior, se tocan superficialmente las facetas internas, contextuales y prácticas, no se tejen las relaciones que promuevan un enfoque más inclusivo y efectivo.


A partir del encuentro con pares para cerrar brechas y nivelar pisos, además de brindar espacios de comunicación y contención, promover relaciones horizontales y alianzas estratégicas en el ámbito político-ideológico no siempre enfoca la reflexión en la estructura de la organización, dificultando la construcción de relaciones igualitarias y justas entre colaboradoras. Cuando las acciones al exterior son más importantes, el cuidado colectivo de las trabajadoras y profesionales de la música se convierte en la principal preocupación, se establecen protocolos para abordar las violencias externas y se dejan a un lado la implementación de reglamentos o códigos éticos para proteger a las integrantes dentro de la organización y garantizar relaciones saludables que impulsen la sanación iniciada con la creación de la colectiva.


¿Qué es lo incómodo?

Jo Freeman analizó las organizaciones feministas en la década de los 70 a través de "La tiranía de la falta de estructuras", en su ensayo observa la manera en que las búsquedas colectivas se ven desafiadas por las dinámicas internas, la horizontalidad se convierte en un deseo y una idea que difícilmente se materializan o se convierten en un contrabalance real contra las organizaciones capitalistas y patriarcales. La politóloga, escritora y abogada estadounidense expone la manera en que el término se utiliza mucho y se convierte “en parte intrínseca de la ideología de la liberación de las mujeres”, pero se cuestiona poco cuando surgen las prácticas verticales que evidencian las relaciones de poder y ponen en duda la efectividad de conceptos como sororidad, separatismo, colectividad y cultura comunitaria.


Como lo expone Freeman en "Trashing: el lado oscuro de la sororidad" (1976), un texto retomado por Katlheen Hanna en su biografía Rebel Girl: My Life as a Feminist Punk para hablar de la violencia que enfrentó en estos espacios durante el movimiento riot grrrl, las alianzas para excluir, el gaslight y el ghosteo son armas poderosas al interior de las colectivas: "el Movimiento me sedujo por su dulce promesa de hermandad. Afirmaba proporcionar un refugio de los estragos de una sociedad sexista; un lugar donde una sería comprendida. Fue mi necesidad de feminismo y feministas lo que me hizo vulnerable". Por experiencia en colectivas, puedo confirmar que el proceso de anulación puede ser sútil, pero devastador para quien lo enfrenta y se atreve a confrontar las prácticas de quienes tergiversan conceptos para perpetuar jerarquías y manipular a otras. La estrategia DARVO (Negar, Atacar, Invertir Víctima y Ofensor) y el Abuso Reactivo están muy presentes en estos espacios.


Obeja Negra de Batallones Femeninos me comentó en una conversación informal que las herramientas para lidiar con conversaciones incómodas no son comúnmente utilizadas en la resolución de conflictos, a veces se gestionan hasta que no es posible evitarlos, principalmente porque las herramientas que se desarrollan no son sobre hablar desde la diferencia y reconocer la individualidad, sino desde la experiencia colectiva. A veces las situaciones explotan cuando normalizar ya no es suficiente, se gasta la idea de que las amigas salvan mientras se olvida el pacto de respeto entre mujeres. Múltiples espacios, aún con acompañamiento y mediación externa, no logran mantenerse. De 60 integrantes pasan a un núcleo de 3 a 4 personas.


La noción de que el trabajo colectivo entre mujeres es intrínsecamente perfecto es atravesada por la persistencia de relaciones de poder arraigadas en prácticas aprendidas a lo largo de la vida. La seguridad en los espacios de las mujeres y disidencias sexogenéricas es cuestionada por la creación de espacios de élites informales, el desarrollo de grupos de exclusión, explotación entre pares, dinámicas que pueden desencadenar conflictos, rupturas e incluso violencia, lo que subraya la importancia de abordar conversaciones incómodas para garantizar la subsistencia de las colectivas.


Lo primero y lo más difícil es reconocer que un espacio separatista no es completamente seguro y que el feminismo no elimina las violencias entre mujeres, como me explicó la activista, DJ y selectora Jeni Janes (anteriormente en Mujeres Vinileras, actualmente en Voodoo Night y Morras y Vinilos) en una entrevista para SonoridadMX a través de Twitter Spaces. Lo segundo es romper nuevamente el silencio y, en tercer lugar, reconocernos como mujeres patriarcales construyendo mundos feministas con herramientas que todavía siguen en procesos de deconstrucción.


El feminismo no es una aplanadora ideológica, por lo tanto los procesos al llegar al ámbito colectivo encuentran problemáticas distintas a partir de las diferencias y diversidades, en ocasiones la sola idea de problematizar las prácticas individuales y grupales ponen en riesgo la estabilidad de la colectiva, por lo que los diálogos no tienen lugar por miedo al feministómetro y se espera que los problemas en feministlán desaparezcan o se diluyan a partir de la continuidad de las acciones en conjunto. Nada se habla, nada se soluciona, todo se barre debajo del proyecto colectivo. No se llega al diálogo, mucho menos a la reparación de daño y compromiso de no repetición. Muchas colectivas se rompen en el loop de las heridas que no se tocan, muchos hilos en el tejido de las escenas se cortan.


Las emociones iniciales de encontrar pares, lograr nombrar lo que posiblemente no se podía enunciar en espacios mixtos y las posibilidades de desarrollo, provocan la omisión de códigos éticos y reglamentos internos para lograr que la convivencia fluya sin conflictos. A todo esto debemos agregar que la romantización de las posibilidades impide observar una de las más claras propuestas del feminismo: el proceso es individual y la desconstrucción no ocurre al mismo tiempo y no es igual para todas.


Al adentrarnos en los espacios de los colectivos y colectivas, a menudo nos encontramos con soluciones inmediatas a las condiciones de género que pueden parecer más idealizadas que realidades, especialmente cuando no se llevan a cabo trabajos profundos en la resolución de conflictos y no se establecen parámetros para moverse, entenderse y reconocerse dentro de la ética feminista.


En muchas ocasiones, los diálogos se interrumpen, se silencian voces e incluso se ha hablado de anti-capitalismo mientras se explota a las integrantes de la colectiva, lo que deriva en más conflictos, situaciones no nombradas, la salida de algunas integrantes o la disolución paulatina de la organización, dejando proyectos inconclusos, personas enfrentando el burnout e inseguras de volver al trabajo en colectiva, empujándolas de regreso a los espacios mixtos.


Restauración colectiva

El trabajo comunitario y la construcción de una cultura colectiva siempre cumplen su labor inicial de sanación y resistencia. Al reconocer y confrontar las emociones asociadas a la opresión, invisibilización y dificultades para desarrollarse, las comunidades transforman al centrarse en la empatía, la solidaridad y la acción colectiva, sin embargo las relaciones de poder son intrincadas y arraigadas en las estructuras sociales, culturales y políticas, lo que dificulta la desconstrucción de los grupos y las viejas prácticas capitalistas y patriarcales tardan poco en aparecer en espacios donde se insiste en hablar de una horizontalidad y mantener una estructura informal.


Bajo esos parámetros, las integrantes de las colectivas comparten puntos en común, crean un frente de acción, pero sin conexiones que permitan operar de manera afectiva y efectiva. El impulso inicial se diluye cuando se producen pocos resultados tangibles, hasta que el propio movimiento se ve afectado por lo que no se ha logrado gestionar. De acuerdo a Freeman “los grupos desestructurados quizás sean muy efectivos para hacer que las mujeres hablen sobre sus vidas; pero no son muy buenos para lograr que se hagan las cosas. Esto es cuando las personas se cansan de 'solo hablar' y quieren hacer algo más que estar dando vueltas sin hacer nada pero en grupo, a menos que cambien la naturaleza de su operación”. Como me explicó Christian Alans de múPSica, los espacios de catársis a veces son vomitaderos donde no existe una contención adecuada.


La Doctora Layla Sánchez Kuri, me explicó a través de mensaje directo que la herramienta que más falla “es la comunicación asertiva”. Desde su experiencia como integrante de colectivas como Mujeres Vinileras, Musas Sonideras y Ellas Resuenan, la falta de técnicas para gestionar las diferencias “resquebraja los proyectos” y provoca deserciones importantes. Cuando no se logra conciliar las diferencias o no se aborda el problema, lo individual queda por encima de la colectividad.


Ximbo, quien formó parte de la primera agrupación de raperas Rimas Femeninas y más tarde cofundó Mujeres Trabajando junto a Jezzy P, compartió conmigo a través de un mensaje de voz que los conflictos tienden a repetirse, aunque las herramientas y los conceptos han evolucionado, al igual que los procesos personales de curación. En este progreso colectivo, enfatizó la importancia de comprender la horizontalidad de diversas maneras, reconociendo la experiencia de algunas mujeres sin elevarlas a un nivel reverencial, sino promoviendo lazos intergeneracionales.


Es crucial reconocer que contribuir a la creación de dinámicas grupales fundamentadas en la responsabilidad y la reparación implica enfrentar los desafíos de la comunicación intercultural, la gestión del conflicto, el fomento de la empatía y la comprensión mutua, donde la diversidad sea valorada y se fomente el diálogo honesto y respetuoso como medio para abordar las diferencias y resolver los conflictos de manera constructiva. Desde la experiencia de André Cravioto en Jam de Morras, mantener la colectiva unida sinificó “ensayar, coordinar, coreografiar y organizar el movimiento”, desde un diálogo honesto que permita resaltar el factor humano e individual dentro de la comunidad, ahí “todos los sentires y emociones se articulan”. Esta entrevista fue mucho tiempo antes de la disolución de la colectiva, como dije, las herramientas se siguen construyendo y no garantizan la unidad.


El desafío fundamental en la construcción y mantenimiento de proyectos colectivos es la fragilidad inherente a las relaciones humanas y la falta de herramientas adecuadas para mantener sólido el tejido social que sostiene estos proyectos. Cuando las diferencias entre las historias y experiencias emergen, se hace necesario promover la cercanía y la escucha activa como medios para tejer complicidad, confianza y corresponsabilidad. Esta tarea puede resultar difícil, incómoda e incluso aparentemente imposible, pero es esencial para construir relaciones sólidas y sostenibles en cualquier proyecto.


Entre las múltiples rutas de fortalecimiento al interior de las colectivas mexicanas he encontrado prácticas restaurativas que eliminan el concepto de horizontalidad y lo sustituyen por círculos de paz y núcleos, construyendo valores y una estructura en forma de ondas que del centro hacia afuera fortalecen al grupo. En esos espacios de diálogo continuamente encontramos el autocuidado como práctica colectiva, la interacción y la conversación tienen eco, se respaldan con acciones dentro del espacio, estableciendo compromisos y principios que promueven el acercamiento. Sin embargo a estos procesos no se llega desde el inicio y fundación de la colectiva, son la respuesta a circunstancias que empiezan a desestabilizar al proyecto.


Es importante construir espacios con nuevas herramientas, tanto para prevenir como para reaccionar a las dificultades, el principio de no cancelarnos como lo propone Adrienne Maree Brown aún se está explorando. En este proceso de construcción colectiva y comunitaria, es vital cuestionarnos cómo podemos extender los cuidados éticos a todos los aspectos de nuestra existencia. ¿Cómo podemos sumarnos a esta red de desarrollo incluyendo los cuidados? Es esencial evitar la explotación, tanto de nosotras mismas como de quienes nos acompañan, rompiendo el ciclo de daño desde la prevención y la gestión de los conflictos, donde antes de la romantización del grupo, observemos siempre con claridad que tenemos que comprometernos desde las prácticas, presupuestos, diversidad de habilidades, tiempos y posibilidades, de esta manera será posible romper incluso el movimiento de lo vertical a lo horizontal, que marea si no se aborda con toda claridad y provoca tensiones mientras se establece en una organización que proponga al interior.


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